Las tumbas de Macchu Picchu

había robado sus mulas. Bingham descubrió que Pancorbo era tan «dispéptico, desagradable y cruel… que la gente no trabaja para él porque les gustara, sino porque no les queda alternativa». Los indios locales odiaban tanto a Pancorbo que para que el terrateniente pudiera alimentarse debía confiscar los productos de la gente «que pasaba por su patio… obligándoles a que aceptaran cualquier precio que él considerara apropiado darles»214. Pancorbo creía que la amenaza del uso de fuerza era necesaria para contener lo que percibía como el salvajismo de los nativos. Él mismo no se encontraba presente, ya que se había ido a supervisar sus intereses caucheros río abajo en el Urubamba. Durante su ausencia en la reciente rebelión, averiguó Bingham, los indios habían atacado su hacienda, quemado sus campos de caña de azúcar, saqueado su casa y derribado sus grandes rejas. Según sus empleados, esto había sido la culpa de los indios, no de él, y Bingham estaba arriesgando la vida al internarse en el territorio de ellos. Le advirtieron que «[n]adie que haya ido [a Concevidayoc] recientemente ha retornado con vida» 215 . Así prevenidos, Bingham, Foote y Carrasco partieron temprano la siguiente mañana, y disfrutaron silenciosamente el impresionante paisaje. El río rugía debajo a medida que trepaban las empinadas colinas, e imponentes precipicios se cernían al lado opuesto, manchados con liquen azul y verde, cual piel de lagartija. Por encima del camino había selva tropical, y por debajo, campos de caña de azúcar de un color verde claro. Si el camino a Machu Picchu consistía en elevación y misterio, este era majestuosidad pura. Llegaron al pueblo de Mogrovejo esa noche. Para alegrar al gruñón funcionario, Bingham le ofreció un acuerdo: cincuenta centavos por cada ruina que pudieran encontrar, y un dólar si las ruinas eran particularmente finas. Con esto como motivación, Mogrovejo pasó el siguiente día mostrándole la zona a Bingham. Lucma había estado poblada desde antes de la conquista española, y los habitantes de sus casas de piedra y barro conocían bien el valle. Mogrovejo también llamó a varios lugareños para que le dieran los nombres de las ruinas a Bingham, quien tuvo dificultades para apuntar los bellos pero confusos nombres quechuas en su diario. Una descripción en particular le resultó llamativa. Mogrovejo ya le había dicho a Bingham que había una «fortaleza» en la cadena de Rosaspata. Ahora, un poblador decía que había una gran piedra cerca a aquella, llamada Ñusta 143

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx