Las tumbas de Macchu Picchu

Antes de que pudieran partir a la siguiente mañana, sin embargo, Bingham recibió un telegrama del Cusco que resultaría ser un mal presagio para el futuro de la expedición. Era del prefecto Núñez, y anunciaba lacónicamente que la expedición de Yale tenía autorización para estudiar y explorar [ruinas], mas no para excavarlas. No habrá excavaciones, puesto que excavar va en contra de la ley. Bingham estaba confundido. Creía contar con el permiso del presidente Leguía para realizar cualquier tarea que necesitara hacer. Bingham se preocupó de que el apoyo político para sus exploraciones se estuviera esfumando. Don Pedro Duque tranquilizó a Bingham, sin embargo: Núñez podría haberse enterado por medio de un pariente en el valle de que Bingham había descubierto Machu Picchu, y quizá había «conjurado esta vieja ley» para interferir con el trabajo de la expedición y asegurarse la excavación para sí mismo 212 . Depositando toda su confianza en Duque, Bingham les aseguró a los funcionarios locales que no dañaría las ruinas de manera alguna. Envió telegramas a sus amigos de negocios en Lima, pidiéndoles que le explicaran la situación al presidente Leguía y que reconfirmaran que la expedición tenía permiso para, cuando menos, despejar la vegetación de las ruinas que encontraran 213 . «Mas no había tiempo para esperar una respuesta», escribió Bingham en su diario. Ya eran las ocho de la mañana, y el telegrama de Núñez había retrasado lo que debía haber sido una partida temprana. Si aguardaba más, los funcionarios locales imposibilitarían su búsqueda de las últimas ciudades de los incas. Bingham, Foote, Carrasco y un muy reacio Mogrovejo cabalgaron de vuelta al hostil pueblo de Chaullay, cruzaron su puente y empezaron a subir por el río Vilcabamba. Era fácil ver por qué ellos y los incas se habían refugiado acá: el valle era remoto, bien protegido y fértil. Le hacía recordar a Bingham a Hawái. Por esas mismas razones, la región resultaba igual de atractiva para los blancos que habían fundado sus haciendas ahí y ejercían un poderío señorial sobre los lugareños. La primera parada de Bingham fue en la hacienda de José Pancorbo, el terrateniente que Bingham había conocido por vez primera en el Cusco. En la ciudad, Pancorbo había parecido todo un caballero. Aquí, su reputación sugería lo opuesto. Mogrovejo siguió de largo, rehusándose a pernoctar donde Pancorbo porque el terrateniente se 142

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