Royal Geographic Society, en la cual proveyó los primeros detalles que el público conocería de su hazaña 209 . Aquella tarde, Bingham se percató de que se estaba apresurando con sus celebraciones. En la oficina del subprefecto del cercano pueblo de Quillabamba, conoció a un «viejo malhumorado» llamado Evaristo Mogrovejo, el teniente o administrador gubernamental de un pueblo llamado Lucma, a un día de difícil viaje río arriba por el Vilcabamba. Mogrovejo conocía las ruinas locales. Dos días más allá de Lucma había una ruina llamada Rosaspata en la cresta de una colina, dijo. En un valle selvático más allá de Rosaspata, había un conjunto de ruinas conocidas por dos nombres. El primer apelativo era Espíritu Pampa, o pampa de los espíritus, pero este no figuraba en las crónicas; el topónimo alternativo, sin embargo, resultaba prometedor: «Vilcabamba Viejo», según escribió Bingham. En Lima, Bingham había encontrado una referencia a una Vilcabamba que era el centro poblado más importante de la provincia y residencia de los sacerdotes Inca. ¿Podría Espíritu Pampa ser la misma localidad? Solo había una forma de averiguarlo: viajar al lugar. Había un problema, sin embargo. Según les explicó Mogrovejo, la región que separaba Rosaspata y Espíritu Pampa era tierra de nadie, un lugar dominado por indios «salvajes». Para llegar a Espíritu Pampa, Bingham primero debería pasar por un lugar llamado Concevidayoc, donde un peruano había sido asesinado hacía una década. Ahí Bingham conocería al primer no-indio que se había atrevido a ingresar a la región y logrado sobrevivir: un misterioso individuo llamado Saavedra, cuya sola mención hizo erizar a los hombres blancos de la oficina del subprefecto 210 . Este Saavedra supuestamente había trocado la civilización por la comarca de los indios a tal punto que se había vuelto como Kurtz en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad: un blanco que se «había nativizado» en África y se había convertido en un tirano. «Todos nos aseguraron que era un lugar terrible adonde ir», escribió Bingham, «y que los indios salvajes [de la zona] no nos dejarían salir con vida» 211 . Esto era música para los oídos de Bingham. El explorador sacó su talismán mágico del bolsillo de la casaca: la carta del presidente Leguía que ordenaba que todos los funcionarios estatales brindaran asistencia a la expedición de Yale. Mogrovejo se apesadumbró. El malhumorado viejo funcionario tendría que ser el guía de Bingham. 141
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