cuadrado con cuatro pequeñas ventanas. Bingham estaba exasperado: ahí no había un gran santuario del sol. «[El]l compararlo con Ollantaytambo, tal como lo hizo el capataz, era como asemejar una choza con un palacio o un ratón con un elefante» 207 . Sus talones se llenaron de ampollas en el camino de regreso a la hacienda, y le dijo a sus hombres que empacaran el equipo. ¿Había sido el descubrimiento de Machu Picchu tan solo un golpe de suerte? La expedición prosiguió río abajo hasta el pueblo indígena llamado Chaullay, cuyos habitantes habían sido simpatizantes de la reciente rebelión contra los terratenientes blancos. Miraban con hostilidad al alto y blanco intruso y su odiada escolta militar. Su desconfianza hacia los forasteros era histórica. Si las crónicas estaban en lo cierto, Chaullay alguna vez había resguardado el espectacular puente incaico de cuerda de Chuquichaca, la legendaria entrada al refugio de Manco. Acá, el Urubamba se mezclaba con las aguas de otro río, uno reveladoramente llamado Vilcabamba. No obstante, Bingham no investigó la conexión de Chaullay con el reino de Manco, al menos no por el momento. Primero cabalgaron un trecho adicional río abajo por el Urubamba, hasta «el último rincón del Perú». Descansaron en una hacienda llamada Santa Ana, cuyo dueño era Don Pedro Duque, un señor de bigotes blancos y padre del joven ingeniero que había ayudado a la expedición en Cusco. Duque, un elegante caballero colombiano entrado en años, se interesó tanto en la búsqueda de Bingham por la ciudad «perdida» de los incas que plantó la semilla de una idea sugerente, aunque muy errada, en la mente de Bingham. Emocionado por la descripción que el explorador hizo de Machu Picchu, Duque propuso que sus «nuevas ruinas (las finas en Machu Picchu) debían ser las que las crónicas describen con el nombre de Vitcos o Pitcos», le escribió Bingham a su esposa. «Pitcos es una transición sencilla de Pichu o Pitchu. Machu simplemente significa ‘viejo’ en quechua». Y Machu Picchu, explicó Bingham, encajaba en las descripciones que las crónicas hacían de Vitcos: un palacio en una cadena de montañas. «Es realmente muy emocionante, puesto que Vitcos (o Pitcos) fue el lugar de residencia de los últimos tres incas que vivieron acá en Vilcabamba después de la conquista española», explicó Bingham. «Realmente era, tal como sabes, la esperanza de hacer este descubrimiento lo que me hizo venir» 208 . Le mandó otra carta a la 140
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