Las tumbas de Macchu Picchu

No obstante, al disponer Bingham de una escolta militar, podía preocuparse menos por esos temas y concentrarse en la búsqueda de las ruinas del palacio de Manco, Vitcos, así como Vilcabamba la Vieja, su refugio religioso. Cuando en la noche hicieron alto en una inmensa hacienda azucarera y ganadera llamada Huadquiña, Bingham no tuvo tema de conversación más que su búsqueda. Bingham le mostró a la dueña de la hacienda, la adinerada viuda Carmen Vargas de Romainville, los párrafos que había copiado de las crónicas en Lima. Este tipo de obsesión no le era ajena a ella. Su yerno, Tomás Alvistur, también se había contagiado de la fiebre incaica, pero se dedicaba a deambular por las montañas en búsqueda de objetos, no ruinas. A la mañana siguiente llamó a sus trabajadores con más conocimientos de la región y les ordenó que le dijeran a Bingham todo lo que supieran del área. Un capataz de confianza le ofreció dos nombres. El primero, Ccollumayu, le resultaba desconocido, pero el segundo, Yuray Rumi, sonaba familiar. En Lima, Hiram había averiguado que el primer palacio de Manco, Vitcos, podía ser identificado por su cercanía a una «casa del sol», un santuario de piedra blanca llamado Yurak Rumi, ubicado por encima de un manantial, «de donde emergía el Diablo y era adorado por estos idólatras» 205 . ¿Podría haber cambiado su nombre a Yuray Rumi? La emoción de Bingham se manifestó en las cartas que le escribió a Alfreda después. «Empecé a contarte ayer sobre mi nueva ciudad incaica, Macchu Picchu [sic]», le contaba a su esposa. «Es mucho más maravilloso e interesante que Choqquequirau. ¡La mampostería es tan fina como cualquiera que hay en el Cusco! Esto es inédito y será una gran noticia». Bingham esperaba regresar y pasar una semana entera en Machu Picchu, le escribió con entusiasmo juvenil, pero nuevos descubrimientos le llamaban. «¡He averiguado acá que hay ruinas más grandes en los alrededores! Esto es muy emocionante» 206 . Bingham partió con altas expectativas, pero Ccollumayu resultó ser una pérdida de tiempo. Los guías indígenas pasaron dos días abriéndose paso en la selva buscando las ruinas prometidas. Las puntas del bambú y las espinas de las lianas rasgaron la ropa de los estadounidenses. Al tercer día el guía admitió que tan solo sabía de las ruinas de oídas, había sido otra persona quien las había visto diez años atrás. Asimismo, cuando los guías llevaron a Bingham al Yuray Rumi prometido, tan solo vieron tres o cuatro estructuras redondas con una sola apertura y ninguna ventana, y un edificio 139

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