abaleado por el estadounidense, quien parado sobre el cadáver «sonreía desdeñosamente … sin dar la menor muestra de arrepentimiento». Williams no fue procesado, y el tesoro de los últimos rebeldes incas se perdió por siempre. Era tan solo un cuento, demasiado fantasioso para ser cierto. Pero su publicación en el principal periódico de Cusco una semana después de que Bingham partiera del Cusco para empezar su propia búsqueda de los últimos incas era cuando menos inoportuna. En el peor de los casos, el artículo era una premonición de cómo algunos peruanos considerarían a Bingham: un agente de la explotación estadounidense, no de la exploración. Mientras Bingham, en su momento más álgido, cabalgaba por el valle en busca de los esplendorosos palacios de Manco Inca y su familia, los lectores del periódico en el Cusco fruncían el ceño ante una versión más oscura de su relato, en el cual una búsqueda de secretos incas destruyó las vidas de indígenas modernos y perdió el tesoro del Perú por siempre. 135
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