reflejaba la creencia popular de que todos los extranjeros buscaban resplandecientes tesoros. En la ciudad aún no se había oído de la visita de Bingham a Machu Picchu, pero la publicación no era una coincidencia, considerando que él había pasado semanas en el Cusco preguntando por historias de ruinas incaicas. «Hay un país en Sudamérica, que de arriba abajo es una vasta mina», empezaba el autor J. P. Paz Soldán. «Oro en sus regiones meridionales. Plata y cobre en su zona central. Caucho, perlas y esmeraldas en el norte. Este país es el Perú» 203 . El más grande tesoro del Perú, sin embargo, era aquel que los incas ocultaron en diferentes partes de los Andes durante la conquista española. Relatos sobre esos tesoros llegaban lejos, atrayendo aventureros y exploradores en busca de fortuna y gloria. La mayor parte de esos exploradores fracasaron, pero otros dejaron marcas más permanentes. Un día reciente, en las cercanías de una mina andina cuyos dueños eran estadounidenses, escribió Paz Soldán, un caballero peruano llamado Don Fernando de Alcántara evitó que uno de esos aventureros, un ingeniero de minas estadounidense llamado Williams, matara a golpes a un anciano y pobre indio. En agradecimiento, el indio, cuyo nombre era Coparti, dijo que le diría al caballero peruano un secreto que el estadounidense no había podido sacarle a la fuerza: que el abuelo de Coparti era descendiente del emperador Inca Titu Cusi Yupanqui, el hijo del rebelde Manco Inca y vecino de Vilcabamba. Lo que es más, el abuelo de Coparti le heredó el conocimiento de la ubicación del tesoro de Titu Cusi. Coparti se dio cuenta de que Alcántara no le creía. «Mire mis manos», exigió el indio. «Las he enfundado en oro hasta los codos. Hay allí suficiente riqueza para cubrirte tres veces». Coparti trepó a una cercana montaña, diciéndole al caballero que lo siguiera. Cuando Alcántara no pudo mantener el paso, Coparti se alejó corriendo. Menos de cinco minutos después, regresó con los brazos llenos de cadenas de oro, jarras, cálices y cuencos, túnicas bordadas de esmeraldas, diademas, brazaletes. Alcántara estaba atónito. Coparti juró que eso representaba tan solo la centésima parte del tesoro de Titu Cusi. Al día siguiente le mostraría a Alcántara el resto. La fábula termina trágicamente, sin embargo. Coparti llevó el tesoro a la habitación de hotel de Alcántara y le deseó buenas noches. Pero cuando Alcántara despertó a la mañana siguiente, fue entre gritos: «¡El asesino huyó! Lo ha muerto á traición! ¡Pobre Coparti!». Bajando a tropezones a la puerta del hotel, Alcántara encontró muerto a Coparti, que había sido 134
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