lugares más espirituales, y sobre lo que le sucedía a quienes ofendían a los incas y a su memoria. Bingham había descubierto la punta del iceberg, pero seguía sin conocer el grueso de la creencia que yacía debajo. Por ello Bingham debía actuar con precaución. Mientras intentaba descifrar lo que era Machu Picchu, los pobladores indígenas de la región trataban de entender qué hacía el explorador ahí. Lo que dedujeron les resultaba preocupante. Ya circulaban rumores sobre la muerte del niño. La historia alcanzó un punto álgido para la temporada de lluvias, cuando ocurrió una segunda tragedia. En febrero de 1912 Agustín Lizárraga, el anterior «descubridor de Machu Picchu» —a quien Bingham jamás llegó a conocer—, se resbaló cuando cruzaba un frágil puente bajo la sombra de la montaña y murió ahogado. Su cuerpo jamás fue hallado, a pesar de una búsqueda que se extendió a lo largo de catorce kilómetros río abajo 201 . Su esposa estaba desconsolada, y, con el paso de los años su familia empezó a contar una historia que ya revelaba el resentimiento que se estaba formando en torno a la expedición de Yale: Lizárraga no se habría resbalado el domingo 11 de febrero de 1912, tal como fue reportado, sino que había caído al ser cortadas las cuerdas del puente. Algunos de sus familiares sugirieron más adelante que el autor del crimen había sido el mismísimo Bingham 202 . La acusación no es muy conocida y resulta improbable. El 11 de febrero de 1912 Bingham planeaba su siguiente expedición con la ayuda del presidente William H. Taft. Los papeles de Bingham no muestran evidencia de que tuviera motivo alguno para involucrarse en el accidente. Bingham no consideraba a Agustín como una amenaza e incluso haría negocios con su hermano al año siguiente. Sin embargo, la cambiante historia de la muerte de Lizárraga refleja un aspecto dramático de la historia de Bingham: su expedición y llegada a Machu Picchu significaba algo completamente diferente para los peruanos, cuya ayuda necesitaba. Al llegar al Perú aquel día de junio, Bingham había anunciado que estaba buscando las «ciudades perdidas» de los incas. Al hacerlo, fue colocado en la misma categoría que los otros extranjeros que habían venido al Perú a hacerse ricos con los recursos naturales e indígenas. El 27 de julio de 1911, tan solo tres días después de su visita a Machu Picchu, el periódico cusqueño El Comercio publicó una historia de fábula que evidenciaba el vínculo. Titulado «El tesoro del Inca; los cazadores de oro», 133
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