Las tumbas de Macchu Picchu

cruzar», escribió en su diario. Cuando el arriero regresó con las mulas, Hiram buscó a Lizárraga en el puente. Agustín no estaba en casa, pero el oscuro color de la piel de su hermano Ángel le resultó un alivio. Los Lizárraga eran mestizos locales pobres, o tal como Bingham los describiría luego, «media-castas», ni blancos ni indios, y por ende sospechosos en los ojos racialistas estadounidenses. Aunque Agustín y dos amigos, Gabino Sánchez y Enrique Palma visitaron Machu Picchu en julio de 1902, Hiram no los consideró como competencia. Aun así, Bingham se abstuvo de enviar un telegrama triunfal a casa. Machu Picchu era conocido localmente, pero la pregunta más difícil era si algún otro académico había publicado algo al respecto. Bingham no necesitaba ir más allá de sus alforjas, donde guardaba el mapa de 1865 del geógrafo Raimondi, para saber que la montaña de Machu Picchu había estado documentada por casi medio siglo190. El monte había aparecido desde entonces en diversos mapas, inclusive en uno publicado en 1910 por el experto inglés en la cultura inca, Sir Clements Markham 191 . En cuanto a referencias sobre las ruinas, también existían. Bingham ya se había referido a la geografía de Charles Wiener, quien en 1880 había reportado rumores de ruinas en Machu Picchu y Huayna Picchu192. Si bien Wiener no las había visitado, quizá otros sí lo hicieron, aunque Bingham no supiera nada sobre ello. En 1877, un alemán llamado Herman Göhring publicó una crónica de una expedición infructuosa en el Urubamba, en la cual tomó nota de la existencia de una fortaleza en «Picchu»193. En 1887, otro alemán, Augusto R. Berns, fundó una compañía para saquear ruinas incaicas en los alrededores de la hacienda Torontoy194. Bingham después recibiría un documento en el cual el gobierno peruano le daba a Berns permiso para excavar el área, bajo la condición de que entregara el diez por ciento de todos los metales preciosos que encontrara 195 . No obstante, parece que Berns no excavó. Al año siguiente el vicepresidente de la compañía renunció, «acusando a Berns de haber malversado los fondos para su uso personal y, peor aún, de no haber iniciado ni una sola expedición»196. Finalmente, en 1904, un peruano llamado Carlos B. Cisneros publicó un Atlas del Perú, en el que anotaba la existencia de ruinas en Huayna Picchu: «Todo el territorio está sembrado de poblaciones Incaicas en ruina, que ofrecen gran campo de investigación 131

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