Las tumbas de Macchu Picchu

Squier, pero nunca había visto uno personalmente. Alguna vez hubo un intihuatana en Ollantaytambo, pero como tantos otros objetos de culto nativos, fue destruido por los españoles. Otro intihuatana encima de Pisac, un pueblo sobre el Vilcanota, había sido desfigurado en el último siglo. El que este hubiera sobrevivido era causa de celebración y una pista que indicaba que los españoles quizá nunca hubieran saqueado el sitio. ¿Se habían siquiera enterado de él? Hiram había salido en busca de las últimas ciudades de los incas, ¿pero había encontrado algo que quizá era más antiguo? ¿Qué era este lugar? Estaba tan solo a cinco días del Cusco, y Hiram ya había dado con el gran misterio de su vida: la identidad y propósito de Machu Picchu. Bingham quería quedarse, pero después de cinco febriles horas, el sol se estaba poniendo. Además, tenía un programa que cumplir: los verdaderos objetos de su búsqueda —Vitcos y Vilcabamba— debían estar más lejos aun. Prometiéndose a sí mismo que regresaría para despejar los edificios supérstites del sitio, el estadounidense siguió al niño Richarte y al soldado fuera de las ruinas y de vuelta a la cabaña. Se despidió de la familia del niño y descendió con Carrasco y Arteaga al río. Mientras cenaban, Bingham les contó a Eaton y a Foote sobre lo que había visto, y se preguntaron por las sorpresas que vendrían. Si nadie había elogiado una bella ruina como Machu Picchu, que estaba tan cerca del Cusco, ¿quién sabía cuán increíbles serían las auténticas últimas ciudades de los incas? La mañana siguiente, Hiram empezó una carta a su esposa en la que compartía las buenas noticias de la escalada a «una maravillosa antigua ciudad Inca llamada Machu Picchu» 189 . No habría urgentes telegramas a la prensa, sin embargo, ni ediciones extra en las calles de Nueva York anunciando el descubrimiento de una hermosa ciudad perdida. Hiram seguía siendo un explorador con ansias, que buscaba hacerse de renombre, pero quería evitar la precipitada emoción que sintió después de visitar Choqquequirau. Necesitaba controlar su usual impaciencia y dilucidar qué era el sitio, y lo que significaba su visita. ¿Era algo nuevo? ¿O como en Choqquequirau, había visitado un sitio previamente descrito? En una sola palabra muy cargada, ¿era el «descubridor» de Machu Picchu? Mientras su arriero buscaba dos mulas perdidas, Bingham interrogaba a Melchor Arteaga sobre la firma que había visto en el templo de las tres ventanas: «Lizárraga, 1902». Basado en lo que contestó Arteaga, Bingham inicialmente se sintió decepcionado: «Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu y vive en el puente de San Miguel, justo antes de 130

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