de la plaza, sin embargo, había edificios de piedra. El edificio al sur tenía nichos y enganches que le hacían recordar a Bingham a Choqquequirau; se preguntaba si habían sido los aposentos de un sacerdote. En el lado septentrional de la plaza había un templo «verdaderamente megalítico». Carecía de un muro meridional, pero los otros tres lados estaban hechos de enormes bloques de granito blanco, extraídos de la montaña misma y «encajados como un tapón de vidrio encaja en una botella». El bloque más grande medía más de cuatro metros y estaba tallado como un altar. Acá, un sacerdote Inca habría alguna vez elevado ofrendas al sol y después entrado al templo a colocarlas sobre el altar. En el lado oriental de la plaza estaba el templo más impresionante. Aunque también carecía de un muro que diera a la plaza, una piedra erecta solitaria sugería que una viga desaparecida habría soportado un techo. Era más ancho que los otros, y su muro principal tenía tres ventanas grandes y bellas, cada una de un metro de ancho y más de 1,2 metros de alto. Las tres ventanas tenían vista a una plaza más pública, donde habrían rendido culto los fieles del sitio, y más allá, a la «desordenada masa de montañas gigantescas y cubiertas de bosques, que se elevaban hasta llegar a ser picos nevados» al este. Uno se sentía atraído a estas ventanas como un alma que dejaba un cuerpo agonizante, como si más allá de ellas hubiera un mundo mejor. Le hacían recordar algo a Bingham; exactamente qué, le seguía resultando un misterio. La única nota en falso en este poema de piedra y selva fue un «grosero garabato» en el templo de las tres ventanas: «Lizárraga 1902». Bingham lo apuntó, con la esperanza de que no fuera otro explorador. Había escalado la colina esperando poco, pero su imaginación ya estaba alzando vuelo, escribiendo la historia que le contaría a Alfreda y a sus lectores en Estados Unidos. «Finas ruinas, mucho mejores que Choqq», escribió en su diario. Preparó su cámara y empezó a tomar fotos, capturando la escena para su audiencia en Estados Unidos 188 . El niño le hizo señales a Bingham para que lo siguiera, y el explorador cargó el trípode por una empinada escalinata al punto más alto de las ruinas. Acá yacía el último misterio del sitio, por lo menos durante ese día: una piedra grande tallada en una especie de mesa de dos niveles. Su superficie lisa y gris interrumpida por una alta columna rectangular, como la perilla de una silla de montar. Era un intihuatana, aprendió Bingham, una especie de reloj solar religioso que marcaba el paso de las temporadas, cosechas y días sagrados. Bingham había leído sobre ellos en los trabajos de Clements Markham y E. G. 129
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