importante, los mallquis o momias de los emperadores muertos, en nichos como estos. ¿Había sido esta una tumba real, donde los emperadores yacían eternamente, su curtida piel todavía abrigada con las coloridas túnicas de la realeza Inca, sus orejas todavía portando enormes aretes de oro, sus ceños todavía cubiertos con el rojo fleco real? El niño señaló sobre la cueva, donde la piedra se elevaba hacía una estructura curva, similar a una torre. Los muros redondeados eran poco comunes en la arquitectura incaica y frecuentemente eran características de templos del sol. El lugar más sagrado del gran Ccoricancha en Cusco era su muralla occidental curva, cuyo nicho masivo guardaba el ícono dorado. En contraste, este muro tenía una sola ventana que miraba al este, que estaba rodeada de enganches entallados suavemente de la piedra. ¿Habían sido usados para asegurar otro ícono perdido que resplandecía en el sol de la mañana? Bingham siguió al niño por unas escaleras y vio que la estructura fluía a un muro aún más impresionante hecho de sillar regular, de grano fino, de granito de blanco puro. «Evidentemente era el trabajo de un maestro artesano», escribió después, La superficie interior del muro estaba segmentada por nichos y enganches cuadrados de piedra. La superficie exterior era perfectamente sencilla y carecía de adornos. Los niveles inferiores, de sillares particularmente grandes, le daban una apariencia de solidez. Los niveles superiores, que se reducían en tamaño hacia arriba, le daban gracia y delicadeza a la estructura. Las líneas fluyentes, la organización simétrica de los sillares, y la gradación gradual de los niveles, combinaban para producir un efecto maravilloso, más suave y más agradable que el de los templos de mármol del Viejo Mundo. Debido a la ausencia de argamasa, no había desagradables espacios entre las piedras. Bien podrían haber crecido juntas. Debido a la belleza del granito blanco, esta estructura sobrepasaba en atractivo a los mejores muros incaicos en el Cusco, los cuales habían hecho a los visitantes maravillarse durante cuatro siglos. Parecía un sueño increíble. Sutilmente empecé a darme cuenta de que este muro y el templo semicircular adyacente sobre la cueva eran tan finos como la mampostería más fina del mundo. Ello me quitó el aliento 187 . El niño ayudó a Bingham a subir por una escalinata, más allá de una serie de fuentes secas a un espacio abierto que parecía ser el corazón ceremonial del sitio, su plaza sagrada. La familia del niño la había despejado para plantar un huerto, y en su lado occidental la pendiente caía, mostrando una vista del poderoso río Urubamba. En los otros tres flancos 128
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