Las tumbas de Macchu Picchu

poncho de lana, cuyas gruesas y coloridas rayas se encontraban en la costura delantera. El joven Richarte empezó el camino hacia Huayna Picchu. «Venga, señor… sé dónde están las casas incaicas, por acá… conozco el camino», el niño supuestamente le dijo a Bingham y Carrasco186. Bingham se esforzó por mantener el ritmo, intentando no esperanzarse mucho. Se había emocionado igual por Choqquequirau, y de poco le sirvió. Era imposible no sentir una pequeña y creciente emoción, sin embargo: estaba caminando en ruinas que sus colegas historiadores y antropólogos probablemente nunca habían visitado. Quizá ningún forastero había pisado este lugar desde la conquista. Las espinas rasgaban la ropa de Bingham, que se agachaba para evitar las ramas y lianas que el niño esquivaba con facilidad. Bingham vio que el camino los llevaba a una serie de antiguas terrazas, como en Choqquequirau. La diferencia acá era que la familia del niño las había recuperado para sus propios cultivos. Finalmente, tras pasar un promontorio, el niño hizo un gesto y Bingham miró hacia arriba. Sus ojos vieron primero el pico del Huayna Picchu, grande e impresionante. Su mirada fue bajando, y después lo vio: «un laberinto de pequeñas y grandes paredes, cubiertas de maleza, las ruinas de edificios hechos de bloques de granito blanco, muy cuidadosamente cortadas y acomodadas bellamente sin cemento. Hubo sorpresa tras sorpresa hasta que nos percatamos de que estábamos en el medio de unas ruinas tan maravillosas como cualquiera que se hubiera jamás encontrado en el Perú». Cubierto por una espuma de «árboles y musgo y la vegetación de siglos», los templos, fuentes y palacios parecían surgir y caer a lo largo de la cadena hasta chocar con la base de Huayna Picchu como si fueran una ola. Bingham no podía estar seguro de dónde acababan las ruinas y empezaba la montaña. En un matorral, el niño Richarte le mostró la primera maravilla arquitectónica del día, una muestra increíble de mampostería: una cueva que había sido formada, tallada y cubierta por bellas y entrelazadas piedras. Una piedra tallada con cuatro elegantes escalones bordeaba su entrada triangular. Un conjunto de bloques en forma de guitarra vinculaba la salida de la cueva a una roca adyacente. El interior de la cueva estaba cubierto de piedras talladas con aún mayor cuidado. Misteriosos enganches salían de los muros. Bajo ellos había «muy grandes nichos, los mejores y más altos que hubiera visto jamás», escribió Bingham. Los incas habían colocado sus íconos dorados, y de manera más 127

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