Las tumbas de Macchu Picchu

Por ello, la intrusión del mundo exterior aquella mañana resultaba preocupante. Conocían a Arteaga, pero el resto del grupo constituía una amenaza en potencia. Pocas veces resultaba ventajoso toparse con un soldado como Carrasco, aun cuando se hubiera quitado la mitad del uniforme debido a la calurosa escalada. ¿Acaso estaría buscando a los instigadores de la reciente rebelión? ¿O querría enganchar a Torvis en el ejército? Aumentó su nerviosismo al ver al tercer y último excursionista, Bingham —probablemente el hombre más alto que hubieran visto en sus vidas—, sus largas y alienígenas piernas calzadas en altas botas de cuero, cubiertas de tela que aumentaba de tamaño hasta tomar la forma de pantalones de montar de color beige. Estaba jadeando por el cansancio de la escalada, y probablemente cargaba su casaca de cacería y saco gris bajo el brazo. Llevaba amarrado a su espalda un extraño aparato, reminiscente de un rifle. Bajo un trajinado y deforme sombrero gris y una cabellera que brillaba con el sol, el estadounidense les sonrió herméticamente. La tensión se evaporó cuando Arteaga les explicó en quechua que el extraño forastero sencillamente quería ver las ruinas. Los Richarte sentaron a Bingham en una sombreada banca de madera y le trajeron agua fría y refrescante en una calabaza y deliciosos camotes para almorzar. «Entre risas… admitieron que les gustaba verse libres de visitas indeseables, como funcionarios que buscaban ‘voluntarios’ o que recolectaban impuestos». Disfrutando del encantador paisaje, Bingham entendió su deseo de mantenerse aislados. Este era un lugar especial. Al este, los oscuros y nevados acantilados se precipitaban a través de un manto de verde al invisible, pero aún ligeramente audible, río Urubamba tres kilómetros más abajo. Al norte, la cordillera cubierta de selva parecía seguir por kilómetro y medio hasta explotar hacia arriba en el diente que era Huayna Picchu. Y detrás de Bingham, hacia el sur, estaba la imperturbable cima de Machu Picchu. Era un lugar tan propicio para una «ciudad perdida» como cualquier otro. Bingham se levantó, listo para proseguir. Arteaga estaba cansado y le encargó el trabajo a Richarte y a su vecino de 48 años, Anacleto Álvarez, quien había vivido en la montaña durante ocho años. Estos a su vez se lo encargaron al descalzo hijo de Richarte, cuyo nombre quizá haya sido Pablito185. No tenía más de ocho años y era de pequeña estatura. Su cabello era grueso y negro, y su piel era de un color marrón oscuro, sobresaliendo de las mangas de sus toscos pantalones y de su delgado polo blanco. Portaba un pequeño sombrero con forma de panqueque y un 126

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx