Las tumbas de Macchu Picchu

para las once, Arteaga dejó el camino y se abrió paso a través de la vegetación con dirección al río. Se quitó los zapatos y cautelosamente cruzó un frágil puente hecho de cuatro troncos amarrados con lianas, seguido por Carrasco y Bingham, quienes cruzaron de rodillas y manos. Entraron a la jungla, y el ruido del río descendió al nivel de un rugido sordo. Orquídeas y colibríes le daban colorido a la verde penumbra de árboles cubiertos de lianas. El camino se hizo empinado y lodoso, y las hojas goteaban sobre su ropa. Arteaga avanzó entre las rocas, usando troncos de árboles en los cuales había hecho cuños cual escaleras. Bingham, jadeante, intentó mantener el paso. «Buena parte de la distancia la hicimos a cuatro patas, a veces aferrándonos con las uñas». Tan solo exageraba un poco. Arteaga quizá le advirtió que tuviera cuidado con las manos. Las raíces de los árboles tenían la mala costumbre de volverse serpientes ahí arriba. Mientras más trepaban, más se alejaban las preocupaciones terrenales de Hiram. El sol barrió los picos al este, desapareciendo las nubes. Los árboles se fueron haciendo cada vez más pequeños, hasta que pudo divisar el río serpenteando seiscientos metros más abajo, todavía a la sombra. La pendiente empezó a nivelarse; la vegetación tupida cedió el campo al pasto. Después de una hora y media de esfuerzo, colapsaron en un claro apacible. Y ahí Bingham se dio con una sorpresa: una cabaña solitaria. Desde su interior, asombrados por la intrusión, les observaba una familia de agricultores indígenas. Eran los Richarte, explicó Arteaga. Torvis, de veinticuatro años, y su familia habían dejado tierras más cercanas al Cusco hacía cuatro años para cultivar tierras más ricas cuyo acceso había sido facilitado por la nueva carretera de Urubamba. Había tierras buenas y fértiles en esta cadena, a 2400 metros sobre el nivel del mar: las neblinas nocturnas le daban agua a las cosechas y el sol diurno les ayudaba a crecer. Su hogar de tres por cuatro metros y medio era acogedor —los cuyes corrían por ahí— y con dos familias vecinas cosechaban maíz, papas, caña de azúcar, frejoles, ajíes, tomates y bayas. Por el placer de vivir ahí llevaban doce soles de productos al año a mitad de camino al río, donde los dejaban para Arteaga. Esperaban tener tierras propias algún día. Para los muchos que vendrían, este lugar parecería una ventana al pasado, pero para los Richarte, quienes habían escapado del abuso de un terrateniente blanco, era un refugio y hogar 184 . 125

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