un pequeño llano arenoso llamado Mandor Pampa, justo después de haber pasado la hacienda de Torontoy. Le habían dicho a Hiram que preguntara por las ruinas de Huayna Picchu en cuanto llegara ahí. A medida que los arrieros armaban el campamento, Bingham y Carrasco caminaron hacia una pequeña casa al costado del camino, en la cual encontraron a Melchor Arteaga, quien vendía suministros a los viajeros. Arteaga estaba ebrio, pero cuando Bingham le preguntó dónde estaban las ruinas, «apuntó directamente al pico de la montaña», a una cadena que conectaba una cima alta y delgada a una montaña mucho más grande y sólida. Este pico era el Huayna Picchu, y las ruinas estaban en la cadena de montañas. El nombre de la montaña, le balbuceó Arteaga a Carrasco, era Machu Picchu, o «Viejo pico», creía Bingham. Machu Picchu. Bingham inicialmente consideró que el nombre era «terrible», al no haber apreciado el encanto de su rima interna 182 . Quizá lo leyera antes —estaba mencionado en uno de los libros que había consultado, y el pico figuraba en por lo menos uno de los mapas que llevaba en sus alforjas—, pero ni este ni el Huayna Picchu estaban entre los nombres incaicos que había copiado de las crónicas españolas en Lima 183 . Bingham quizá contempló seguir su camino: estaban demasiado cerca del Cusco como para haber llegado a Vitcos y Vilcabamba, sus verdaderos objetivos aquel año. Pero Bingham también era diligente; se había dicho a sí mismo que investigaría cada ruina de la cual oyera, sin importar cuán poco prometedora sonara. Su contraparte de Harvard, Farabee, le había contado a Bingham de los rumores de grandes ciudades por encima del Urubamba. Si Bingham pasara una por alto, jamás se lo perdonaría a sí mismo. A cambio de dos soles, o un dólar de plata estadounidense, Bingham contrató a Arteaga como guía para el día siguiente. Escalar para llegar a las ruinas por lo menos resultaría un buen calentamiento para las futuras marchas a través de la selva. El 24 de julio de 1911 amaneció frío y lluvioso, y nubes bajas ocultaban la cadena. Bingham intentó despertar a Arteaga, pero este rehusó moverse hasta que mejorara el clima, y quizá también hasta que se le pasara la resaca. Poco después de las diez, Arteaga emergió de su casa, se estiró y se dirigió al camino con dirección a Ollantaytambo, con Bingham y Carrasco siguiéndolo. Foote y Erving decidieron quedarse trabajando en el campamento, decisión de la cual se arrepintieron después. A un cuarto 124
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