Confirmaron que la muerte del niño fue accidental —el río lo tomó así como a tantos otros— pero en su versión, los norteamericanos habían enviado al niño a cruzar para probar las aguas. Después de caer, Tucker y Hendriksen en realidad sí encontraron al niño ahogado, recuperaron la alidada y volvieron a empujar su cadáver al río 180 . ¿Era verdad o tan solo un rumor? Bingham solo escribiría al respecto semanas después de los hechos, sin dudar de la veracidad de la versión de sus hombres. Le echó la culpa al niño mismo por «desobedecer» las órdenes de dar vuelta atrás: «Un indio mayor no habría cruzado con una carga sin que hubiera alguien que lo ayude. Hendriksen se pasó dos días intentando reparar el daño a su alidada». Resulta difícil imaginar que Bingham, quien tenía hijos propios, no sintiera pesar por la muerte del niño. No obstante, desde el punto de vista de los indios locales, la expedición podría haber quedado maldecida por lo que Bingham hizo después: ordenó que la expedición siguiera explorando. Hendriksen y Tucker seguirían mapeando, e Isaiah Bowman, el geógrafo, y Lanius explorarían el bajo Urubamba. Si algún miembro de la expedición notificó a la familia del niño, que probablemente vivía en los alrededores, ello no quedó registrado. Bingham escribiría sobre esta expedición por el resto de sus días, pero aparte de esa única entrada en su diario, jamás mencionó —por lo menos en público— la única muerte que ocurrió en cualquiera de sus expediciones. «Quizá pensó que los indios eran más prescindibles que los instrumentos de medición, y que los instrumentos, a pesar de resultar dañados, fueron rescatados», escribió años después uno de sus propios hijos 181 . O quizá Bingham se percató después de exactamente qué fue lo que la expedición había perdido en aquel momento, sin importar cuán sensiblero suene: su inocencia. En los días venideros descubriría las ruinas que lo harían famoso. Pero tal como se percataría después, eso no significaba nada para los indios de quienes dependía. Ellos ya sabían dónde estaban las ruinas. Para ellos, esto no era una misión sagrada; su expedición había sido testigo de la muerte de un niño, y después simplemente siguió su camino. Bingham y su grupo siguieron bajando por el río. Los acantilados se fueron cerrando, y el verde abismo del valle se erguía precipitadamente por encima. Estaban en una «verdadera selva tropical», escribió emocionado Bingham en su diario. En la noche del 23 de julio llegaron a 123
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