Sin embargo, en lugar de seguir la ruta histórica de la manera más precisa posible, tal como había hecho en Colombia, Bingham siguió el curso del río, que a partir de este punto se convirtió en el veloz y sinuoso Urubamba. Según le habían contado en el Cusco, había ruinas por encima del Urubamba. Había tomado la decisión correcta. El río era magnífico. «¡Qué tal valle!», escribió Bingham. La altura fue bajando, y el río empezó a enturbiarse, a serpentear y a virar bruscamente. La vegetación se hizo más abundante a su alrededor, y los acantilados de granito y cumbres nevadas se erguían por encima. El paisaje era mejor que el de los Alpes, las Montañas Rocosas y el Rin, pensó Bingham. En sus laderas sobrevivían rastros de lo que había sido una población enorme. Andenes bajaban por las pendientes como si fueran cascadas congeladas. Sus porteadores indígenas le indicaron dónde se encontraba Salapunco, una pequeña fortaleza, y las ruinas de un gran pueblo llamado Q’ente (colibrí). Bingham pidió disculpas a sus lectores por su entusiasmo. «Avanzábamos lentamente, pero vivíamos en el país de las maravillas». No obstante, su ensoñación terminó abruptamente cuarenta y cinco minutos después, cuando se encontraron con el resto de la expedición. Le dieron terribles noticias: el día anterior, Kai Hendriksen y Herman Tucker habían estado buscando una forma de cruzar el veloz río Urubamba. Un niño indígena —cuyo nombre nunca fue registrado— estaba con ellos, y llevaba el equipo topográfico de Hendriksen amarrado a la espalda. Tucker y Hendriksen encontraron un punto poco profundo y empezaron a cruzar en sus mulas. Casi habían terminado de cruzar cuando se percataron de que el niño los estaba siguiendo a pie. Hendriksen y Tucker «le gritaron que regresara, e incluso le tiraron piedras, pero él siguió cruzando por una corta distancia», escribió en su diario Paul Baxter Lanius, el miembro más joven de la expedición. «Dio un paso en falso en el lugar donde la corriente era más rápida y en un segundo fue arrastrado hacia una corriente más poderosa. Nunca pudo recuperarse, y en pocos minutos se le perdió de vista»179. Tucker y Hendriksen pasaron varias horas desesperadamente buscando al niño. Finalmente, encontraron la alidada —el aparato topográfico de Hendriksen— y el poncho del niño incrustado entre dos rocas. Según dijeron, el cuerpo del niño nunca pudo ser encontrado. Cuando menos esa fue la historia que le contaron a Bingham. Medio año después, un profesor cusqueño, José Gabriel Cosio, quien estaba siguiendo los pasos de Bingham, oiría una versión distinta de los indios de la zona. 122
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx