caucheras de la zona. Aun así, Hiram debía tener cuidado. Muchos de los indios de la zona eran descendientes de los que habían huido con Manco Inca hacía casi cuatrocientos años; algunos habían participado en la reciente revuelta contra los terratenientes y caucheros. Núñez le adjuntó un guardaespaldas militar, un tal sargento Carrasco, para garantizar la cooperación de los lugareños y actuar de intérprete quechua-español. El grupo de Bingham empezó su viaje saliendo del valle del Huatanay; los techos de tejas rojas del Cusco se iban encogiendo tras ellos. Mientras más trepaban, más se fortalecía el espíritu de Bingham. Estaba siguiendo las huellas de Manco hacia su baluarte de resistencia. Las plateadas colinas descansaban debajo de ellos mientras el cielo brillaba por encima, y pronto avizoraron el panorama extraordinario del valle del Yucay, atravesado por el poderoso río Vilcanota. Pasaron la noche en Urubamba, donde el espirituoso subprefecto que le había dado a Bingham la pista hacia «Huayna Picchu» acordó prestarle un soldado adicional para que asistiera a los topógrafos de la expedición. Al despertar, nubes azules se aferraban a las colinas. Se sacudieron para entrar en calor, y se dirigieron al noroeste siguiendo el curso del Vilcanota, internándose más en la historia de Manco. Bingham quedó fascinado al descubrir que su expedición había acampado entre los ralos árboles que crecían bajo la enorme fortaleza de Ollantaytambo, en el mismo llano en que Manco cambió la dirección del río para rechazar a los españoles. Al día siguiente, el 21 de julio, Bingham escaló las ruinas. La vista era impresionante: «El verdor de los campos hacía contraste con los cerros cubiertos de rocas y cactus. El suave follaje de los sauces y álamos contrastaba fuertemente con los grises bloques de la famosa fortaleza». Aunque los edificios más pequeños de las ruinas habían sido destruidos por saqueadores, los muros cuidadosamente construidos y, más arriba, el templo monolítico durarían por años. Ollantaytambo «merece ser un lugar de peregrinaje», escribió 178 . Después de que Manco repelió a sus perseguidores, viajó río abajo hacia el Antisuyu, las tierras selváticas de los incas. El 22 de julio, Bingham, Harry Foote, el naturalista, William Erving, el cirujano, Carrasco, los dos arrieros y dos porteadores partieron tras el Inca rebelde, siguiendo los pasos de las expediciones españolas de hacía casi cuatro siglos. Habiendo avanzado 4,8 kilómetros, Bingham y sus compañeros llegaron a una encrucijada. En este punto, Manco había tomado el camino que se dirigía al este, a través del paso de Panticalla y adentrándose en un valle paralelo. 121
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