fueron fotografiados, empapados en vaselina y empacados en mantas de algodón para ser enviados a Estados Unidos. Bingham no era antropólogo, pero el entrenamiento geológico de Bowman era sólido, y declaró que la grava era glacial. Bowman ahora sugería que los huesos podrían tener una antigüedad aún mayor: 40 000 años. Bingham estallaba de júbilo. Apenas llevaba pocas semanas en su exploración arqueológica de los Andes y ya había descubierto huesos que podrían hacer que la historia de la presencia humana en América fuera ochenta veces más antigua que la fecha aceptada científicamente. Se fotografió a sí mismo parado en un perfil romántico en una loma erosionada cerca de la quebrada. «¿No es esto afortunado para la YPE?», le escribió Bingham a Alfreda. Tal como sugirió un historiador moderno respecto de la expedición entera, de tener razón, «Yale, y por extensión, la ciencia estadounidense, podría jactarse de haber reescrito la historia de la humanidad»174. Hiram seguía emocionado cuando el 14 de julio descubrió una última pista para su misión principal de aquel año, la búsqueda de las ciudades perdidas de Manco. Él y Foote, su compañero de viajes, habían ido a lomo de bestia hacia el norte del Cusco en búsqueda de mulas. El viaje por el altiplano fue espectacular, sus campos plateados tenían una cualidad mística en la luz de la mañana. Su primer vistazo del Yucay —ahora conocido como el Valle Sagrado— fue igualmente impactante. Atravesado por el lento y hermoso río Vilcanota, el valle estaba bordeado por un mosaico de terrazas, campos y pendientes empinadas que explotaban hacia cumbres nevadas. Era el lugar más bello que había conocido Hiram hasta entonces en el Perú. Sus montañas nevadas eran «tan grandes y grandiosas que satisfacen completamente el deseo que uno tiene de Magnificencia»175. Hiram y Foote descendieron al pueblo de Urubamba, donde encontraron al subprefecto local Adolfo Quevedo, «simpático, pero borracho» y dispuesto a ayudar. Puso a las mulas en orden y cuando cayó la noche, Quevedo y sus amigos agasajaron a los estadounidenses con historias de las tierras a las cuales se dirigirían. Era peligroso, les advirtieron; Quevedo había sido subprefecto río abajo hasta que estalló la última revolución indígena, lo cual lo obligó a huir por su vida. El gobierno había confiscado las armas de la región, pero la situación seguía siendo tensa. 117
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