el museo, dejando tan solo una losa de piedra tallada que estaba escondida en los jardines de los exteriores. El museo cerró, y entre 1872 y 1911, el aumento en la demanda en el mundo occidental y la desesperación económica peruana les permitieron a los coleccionistas extranjeros comprar y exportar más de sesenta grandes colecciones privadas de objetos incaicos y preincaicos a museos en Berlín, Londres, Nueva York, Chicago y París. Cada colección que salía del país significaba la destrucción de incontables tumbas, todo por satisfacer los cada vez más cosmopolitas gustos extranjeros 157 . En 1905, el presidente del Instituto Histórico había públicamente exhortado al gobierno y al pueblo a hacerse responsables por la historia material de su país. «Aquí, cansados estamos de verlo, llega cualquier viajero, toma una cuadrilla de peones y se echa a desenterrar momias y objetos, sin permiso de nadie, como si estuviese en casa propia», le dijo a sus colegas historiadores. «Creo que ya es tiempo de poner remedio eficaz a este mal si no prohibiendo en absoluto la exportación, como sucede en países muy adelantados de Europa y América, a lo menos reglamentándolo y vigilando esas exploraciones» 158 . El gobierno todavía no había prohibido la exportación, pero había reabierto el museo al que Bingham ahora entraba. Su director era el legendario y bigotudo arqueólogo alemán Max Uhle. Además de ser el autor de la primera cronología arqueológica de los Andes, Uhle también había exportado varios objetos a museos del extranjero, lo cual lo hacía una elección extrañamente buena para construir el museo peruano. En sus primeros años en el puesto, triplicó la colección159. En comparación, Bingham era un neófito en la arqueología peruana; temía que Uhle se le adelantara y fuera a Cusco a descubrir las últimas ciudades de Manco. Cuando Bingham conoció al «muy excitable» alemán aquella mañana, dejó de preocuparse. En años recientes, Uhle se había hecho de pocos amigos al declarar que la responsabilidad del saqueo del país recaía sobre los peruanos mismos, no en la demanda extranjera. Sus enemigos estudiaban todos sus movimientos y empezaron a lanzar rumores de que era ocioso o, peor aún, que seguía exportando objetos al exterior. Su financiamiento fue recortado. Aunque el gobierno peruano le dio dinero para ir a Choqquequirau, no recibió nada para costear una excavación. Estaba «condenado a la inactividad eterna» en Lima, le escribió a un colega 160 . Su hambruna sería el banquete de Bingham. 112
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx