Las tumbas de Macchu Picchu

aprobación del gobierno y sus funcionarios. Las leyes que supervisaban las excavaciones no se habían hecho cumplir, pero eso estaba cambiando. En 1909, por ejemplo, después de la visita de Bingham, el gobierno le ordenó al prefecto Núñez que dejara de excavar en Choqquequirau, debido a que no contaba con la debida autorización 152 . Bingham desembarcó en el Callao dos semanas después de partir de Nueva York. Viajaba solo, adelantándose a los demás miembros de su expedición, quienes se habían quedado en Panamá para observar la construcción del canal. Era el 23 de junio, y Lima estaba en el medio de su nublado invierno. Una «fina y neblinosa garúa» le dio la bienvenida a Hiram mientras pasaba por aduanas y viajaba en un tranvía eléctrico hacia el centro de Lima, una ciudad de 150 000 habitantes. Jóvenes porteadores mestizos competían por ayudarle con su equipaje, mientras que los blancos adinerados seguían su camino, pausando frente a las lujosas tiendas que traían las últimas modas de París. Las élites inglesas y peruanas, sus mujeres portando sombrillas, viajaban de la ciudad al hipódromo para disfrutar de las carreras. Campesinos vendían comida en las calles y transportaban bultos, mientras que los ingenieros cableaban la ciudad. Había «un aire de progreso y modernidad en este lugar que hace olvidar que está construido de barro», escribió un cáustico visitante inglés 153 . Bingham se registró en el laberíntico Hotel Maury en la plaza de armas de la ciudad y partió a granjearse la amistad del país. Reveladoramente, no empezó con el gobierno, sino con uno de los poderes tras el trono: W.R. Grace & Compañía. Esta casa comercial estaba administrada por estadounidenses y había ayudado al Perú a recuperarse de la bancarrota del siglo XIX al organizar a sus acreedores en la Peruvian Corporation, la cual estaba administrada principalmente por británicos. A cambio de asumir la deuda peruana, la corporación recibió los ferrocarriles peruanos, dos millones de toneladas de guano y varias concesiones libres de impuestos. Muchos peruanos se resentían ante el control semicolonial que la Casa Grace y la Peruvian Corporation ejercían sobre el país, pero para Bingham este era el punto de partida lógico 154 . Con el sombrero en mano, navegó entre las columnas, escritorios y puertas de madera de las enormes oficinas de W.R. Grace hasta encontrar al «agente peruano confidencial» de la compañía, un hombre al que Bingham se refería únicamente como Ballén. Con Ballén escoltándolo, el explorador dio dobló la esquina hacia el Palacio de Gobierno y la oficina 110

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