alguien más, los siguientes cinco años de su vida hubieran ocurrido de manera enteramente diferente, dado que en realidad existía un candidato para ser el arqueólogo de la expedición que, retrospectivamente, hubiera sido la persona ideal para cubrir la plaza: Julio C. Tello, joven peruano estudiante de antropología en la Universidad de Harvard. El joven arqueólogo, que un tiempo atrás enviara a Bingham su artículo sobre Vitcos y Vilcabamba, había terminado sus estudios y se alistaba para dar un nuevo paso. Aunque finalmente continuaría con sus estudios en Europa, durante la primavera de 1911 se encontraba buscando una oportunidad para realizar trabajo de campo. Así, logró ponerse en contacto con George Grant MacCurdy, director de antropología en el Museo Peabody de la Universidad de Yale. Por sugerencia de Tello o idea del propio MacCurdy, en abril de ese año MacCurdy concertó una cita con Bingham para hablar de la posibilidad de incorporar a un «representante arqueológico» en la expedición peruana de Yale. En la mañana de la reunión, sin embargo, Bingham recibió un cable con la noticia de que el padre de Alfreda, su suegro, había fallecido en Jamaica. Él y Alfreda zarparon de inmediato hacia Kingston. MacCurdy se disculpó con Tello y le aseguró que le presentaría el asunto a Bingham apenas regresara. Sin embargo, cuando Bingham volvió, la conversación no favoreció a Tello. «Lamento decir que no obtuve nada de mi charla con el profesor Bingham», escribió MacCurdy a Tello a principios de junio. Tello tendría que hacer otros planes 143 . ¿Por qué Julio C. Tello, futuro representante de la arqueología peruana, no se convirtió en el octavo miembro de la Expedición Peruana de Yale? Quizás nunca lo sabremos. Pero es difícil no especular sobre el encuentro entre MacCurdy y Bingham y sobre qué se dijo o no se dijo en aquella ocasión. ¿Realmente MacCurdy jugó a favor de Tello o sus gestiones solo fueron actos de cortesía? ¿Bingham rechazó a Tello porque no podía financiar un miembro más, o hubo algún otro problema? Sabemos que Bingham deseaba hacer el trabajo arqueológico. Pero también es posible que hubiera visto a Tello como una amenaza para su propia autoridad. Bingham tenía el control, y esta era, en esencia, una empresa norteamericana. Tello —a quien más adelante llamarían «el Manco Cápac de la arqueología peruana»—, sin embargo, jugaría en el futuro de la expedición un irónico papel, aunque no había llegado todavía el momento 144 . 104
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