el director del Museo Nacional— «iba a ir desde Lima. ¿Quién va a pagar por la reconstrucción del puente?» 134. La respuesta de Giesecke llegó a mediados de diciembre de 1910 y tuvo un efecto estimulante: la empresa de Núñez había dejado de existir. El puente seguía sin reparar. Ningún arqueólogo había visitado Choqquequirau ni ninguna de las demás ruinas de la región. Bingham vio su oportunidad: podría estar en Cusco para junio de 1911, desde donde podría ir en búsqueda de Vilcabamba, la ciudad que Manco fundó en la selva y donde sus hijos hicieron su última defensa. La única pregunta, como siempre, era cómo lo financiaría. La fortuna Tiffany había financiado las primeras dos expediciones de Bingham. Para esta, la tercera, quería obtener los fondos por sí mismo, para así convocar una expedición más numerosa y multidisciplinaria, y demostrar que no era meramente un acaudalado diletante. El público podría soñar con exploradores victorianos solitarios, adinerados y románticos abriéndose paso a machetazos en la selva en busca de ciudades míticas, tan solo para desaparecer sin dejar rastro. Bingham, sin embargo, deseaba el tipo de inmortalidad que se obtendría con logros, no con excentricidad o con la muerte. Para lograrlo, Bingham desarrolló un modelo que se asemejaba a la exploración polar: un equipo de expertos numeroso, semi permanente y multidisciplinario, organizado como una expedición naval, cuyo capitán se llevaría la mayor parte del mérito. En abril de 1909, el comandante naval estadounidense Robert E. Peary se escapó a hurtadillas de su asociado afroamericano Matthew Henson y sus guías inuits Ootah, Seegloo, Egingwah y Ooqueah para volverse el primer hombre en llegar al Polo Norte (o al menos eso reclamaba). Al igual que Peary, Bingham buscaría la gloria para Estados Unidos y para sí mismo, pero en las selvas de los Andes. Necesitaría teodolitos, cámaras, picos, telescopios, barómetros y baúles repletos de sopa seca y chocolate: un vagón de cuero, bronce, madera y comida enlatada que pudiera sobrevivir en la selva. Tal como su padre había pilotado buques misioneros en el Pacífico, Hiram dirigiría una expedición hacia los Andes para recolectar la historia natural y humana de América, y remitirla a su patria. Una expedición como esta requería de mucho dinero. A inicios de 1910, Hiram había solicitado $88 000 de la Carnegie Institution —el equivalente de 1,96 millones de dólares de hoy en día— para establecer un departamento de investigación de Centro y Sudamérica que acopiaría 100
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