Las tumbas de Macchu Picchu

lo idolatraban, escribió uno de los nuevos profesores a un amigo en Lima 129 . Al igual que Bingham, Giesecke se enamoró de la historia de la región. Desde su revuelta, los estudiantes de la universidad habían canalizado sus energías a estudiar a los incas y al pueblo indígena, y estuvieron dispuestos a incluir a Giesecke en este proceso. Llevaron a Giesecke a Sacsayhuamán, donde los hombres de Manco alguna vez sitiaran a los españoles130. A la sombra de las ruinas de las murallas, el joven Luis Valcárcel quizá le habría contado a su nuevo mentor sobre los libros que esperaba escribir sobre los incas, y para los cuales ya estaba imaginando títulos 131 . Dos meses después, en una celebración del 4 de julio en honor a Giesecke, Valcárcel agasajó a la audiencia con un discurso en el que elogiaba al imperio inca y a los pueblos indígenas modernos del Perú. Giesecke devolvió el favor el 28 de julio, día de la independencia del Perú, haciendo un llamado por la preservación de los monumentos históricos, un nuevo museo en el Cusco y apoyo del gobierno para estudiar las ruinas de la región. Anunció nuevos cursos sobre la civilización incaica y lengua quechua y conferencias para mejorar las relaciones entre los pueblos nativos locales y los estudiantes. Cusco algún día sería la «Meca de Sudamérica», declaró 132 . Pero aún quedaba mucho por hacer. En octubre, Giesecke había intentado seguir los pasos de Bingham hacia Choqquequirau, pero las lluvias se habían llevado el puente construido por la compañía de cazadores de tesoro del prefecto Núñez. Le escribió a Bingham para preguntarle si ya había publicado sobre su visita 133 . Bingham estaba encantado. Si Giesecke seguía intentando visitar Choqquequirau, entonces todavía era posible que nadie en el Cusco supiera que la Cuna de Oro era importante tan solo en nombre, y que la verdadera última ciudad de los incas todavía estaba por descubrirse. Bingham insertó una hoja de papel en su máquina de escribir y le escribió a Giesecke prometiéndole que, en cuanto fueran publicados, le mandaría copias de su artículo sobre Choqquequirau y el libro sobre la expedición de 1909. Habiendo ofrecido una señal de amistad, Bingham procedió a intentar sonsacarle información a su potencial competidor. «¿Ha dejado de operar la compañía de cazadores de tesoro?», escribió Bingham. «¿Ha visitado algún arqueólogo las ruinas? Había oído que el profesor Uhle» — 99

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