gobierno de la posguerra evidenció un cambio en la correlación de fuerzas a nivel regional, básicamente, la súbita hegemonía alcanzada por los terratenientes serranos en el aparato estatal limeño, a partir de la bancarrota del civilismo (Manrique, 1989, pp. 138-143). Sin negar totalmente lo anterior opinamos, que un estudio detenido de la relación Cáceres-civilismo puede mostrar la rica y compleja simbiosis políticocultural entre las fuerzas civiles y militares, que ha sido lugar común en la tradición política peruana. Cáceres, figura epónima de la Guerra del Pacífico, proveyó, a través de sus antiguas alianzas y redes de clientela político-militares, cimentadas durante su prolífica y larga carrera profesional,549 la estructura administrativa imprescindible para reconstruir el destrozado aparato estatal nacional. Sus «compañeros de ruta», los debilitados y desprestigiados civiles, hábiles en el manejo del ritual y el discurso republicano-constitucional, construyeron el manto de legitimidad necesario para que la estructura político-militar cacerista lograra cimentarse550. El arreglo anterior se nutrió de una tradición política en la cual eran fundamentales elementos autoritarios, de dominio y de experiencia-logro551. Cabe anotar, por otro lado, que a semejanza del modelo político liberal-conservador analizado por Hale para los años del porfiriato mexicano, el «establishment» liberal-constitucional552 que rodeó al régimen autoritario cacerista evidenció preocupaciones constitucionalistas. Como veremos más adelante, la coalición cívicoliberal que sirvió de soporte al gobierno de Cáceres exhibió similares tensiones ideológicas con su homóloga mexicana respecto a autoritarismo y constitucionalismo. La difícil convivencia entre los recientemente importados ideales positivistas —de corte autoritario y elitista— y la fuerte tradición republicana —de corte nacionalista y democratizante— fueron el ambivalente escenario ideológico en los decisivos años de la «Reconstrucción Nacional» peruana. El carismático general Andrés A. Cáceres, quien a decir de uno de sus más importantes biógrafos, «despertaba adhesiones ciegas»553, no era un serrano advenedizo en los complejos vericuetos de la altamente sofisticada política limeña. De escasos 19 años y a órdenes del mariscal Castilla, participó activamente en la revolución liberal de 1854 y en la de 1857. En 1865, bajo las órdenes del general Mariano Ignacio Prado, apoyó la fórmula cívico-militar que aquel propició, con el aval de importantes políticos civiles como Toribio Pacheco, José María Químper, José Gálvez y los posteriores fundadores del Partido Civil, José Simeón Tejeda y el aún 262
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