La utopía republicana

CAPÍTULO 5. LA MARCHA POR EL DESIERTO Es necesario que los notables que crearon en carnaval el fantasma de La Magdalena y los apócrifos congresantes de Chorrillos vivan por algunos años errantes, como los hijos de Israel. Carta de Ricardo Palma a Nicolás de Piérola. Lima, agosto de 1881 En 1883, algunos meses después de la desocupación militar de Lima, un joven estudiante universitario y excombatiente de la batalla de Miraflores, Pedro Dávalos y Lissón, sostuvo una significativa conversación con un prominente miembro del Partido Civil. Esta, reproducida unos años después en un pequeño libro autobiográfico, constituye uno de los testimonios más representativos de las transformaciones intelectuales que ocurrieron en la élite política limeña luego de la Guerra del Pacífico (Dávalos y Lissón, 1941). En la conversación aludida, el civilista Isaac Alzamora, abogado, catedrático de San Marcos e importante ideólogo de las jornadas políticas previas a la guerra, proveyó de algunos importantes consejos al estudiante y futuro minero Dávalos y Lissón492. Ante el despliegue de intereses académicos, principalmente literarios, mostrados por Dávalos y Lissón, Alzamora, además de prevenirle sobre lo poco práctico de esos ideales, puso de manifiesto, con absoluta crudeza, el cambio de mentalidad que se había operado en el núcleo intelectual civilista. El choque brutal del idealismo «de las palabras» contra la «fuerza terrible» de las cosas provocó cambios drásticos en las percepciones políticas y económicas de las vanguardias ideológicas del Partido Civil. En dicho contexto, y en palabras de Alzamora, ya no eran los abogados, los maestros, los literatos, los burócratas o los militares los que iban a colaborar en las transformaciones que el país requería con urgencia, sino aquellos que se movieran en el mundo de la alta industria, el gran comercio y la gran banca. Para el catedrático sanmarquino y exdirigente del «Club Universitario», en el difícil período de «La Reconstrucción 250

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