La urgencia por decir nosotros

El narrador sabe de la corrupción del gobierno del virrey, pero se abstiene de entrar en esas «honduras». En la tercera parte de la tradición, Palma retoma la historia de Leonorcica. Su fascinación por los uniformados terminó convirtiéndola en cómplice de una banda de ladrones integrada por militares que, descubiertos, y sumariamente juzgados, terminan en la horca. Leonorcica salió mejor librada: cincuenta azotes, cabeza rapada y destierro perpetuo a Valdivia, donde debería reunirse con su marido. El contraste entre las historias es aleccionador. El virrey se hace de una apreciable fortuna, mientras que Leonor acaba castigada. Y no es muy distinta la naturaleza de sus caracteres y de sus faltas. Ambos gustan del galanteo y el despilfarro. Y tampoco tienen mayor empacho en embarcarse en actividades ilícitas. La incongruencia entre la semejanza de los hechos y la disparidad de los destinos podría prestarse a un discurso moralizador. Pero no es la actitud del narrador, que se limita a constatar el buen funcionamiento de la ley en un caso y la impunidad en el otro. Es como si la injusticia estuviera «naturalizada». Leonor es mujer, pobre y no tiene poder. Y aunque sus locas ganas de vivir no están refrenadas por su conciencia moral, el hecho es que acaba sancionada por la ley a un destino sin ventura. Amat, mientras tanto, es un hombre rico y poderoso. Su ansia de pasarlo bien no está limitada por algún escrúpulo. No teme al escándalo ni a la justicia. Está encima de la ley; y Leonor, por debajo. VI La humildad de los orígenes de Palma fue de sobra compensada por su talento y su decisión por destacar. Se trata, probablemente, de un mandato paterno, pues la madre abandonó el hogar cuando Palma era un niño. No obstante, él tiene la oportunidad de estudiar. Primero en la escuela y luego, quizá, en la institución más afamada de su época, el Convictorio de San Carlos, aunque existen dudas sobre este punto. En todo caso, su talento y precocidad son evidentes. Ya en 1848, con solo quince años, es director de un periódico satírico. Desde entonces, nunca abandonará las letras. Pero su espíritu burlón se atempera con la influencia del romanticismo que corre como reguero de pólvora entre los jóvenes literatos de la época, mediados del siglo XIX. Entonces su tendencia al sarcasmo se suaviza con la aspiración romántica de lograr lo ideal. De la influencia romántica y liberal nace su persistente esfuerzo por crear un nosotros, una comunidad, en el fracturado mundo limeño de su época. 95

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