dejándose invitar. Entonces es muy improbable que sea una criolla aristocrática. Puede ser una negra liberta, una mestiza; en definitiva, alguien de la plebe. En todo caso, una mujer que se deja invitar por un sacerdote. Y esta invitación no parece ser un acto de caridad. Hay una clandestinidad cómplice entre los personajes. Es plausible imaginar que el desenlace de la escena apunta a un servicio sexual. La acuarela es significativa pues muestra la licencia que dio fama a Lima como ciudad donde los favores femeninos no eran difíciles de conseguir. Además debe recordarse que Fierro era hijo de un sacerdote y una esclava. De otro lado, debe tenerse en cuenta que Úrsula de Jesús es solo una figura más en la tradición mística limeña. Al lado, o encima, de ella habría que colocar a Isabel Flores de Oliva —Santa Rosa de Lima— y a muchas otras alumbradas que ponían a prueba la flexibilidad de la Iglesia, pues en sus empeños místicos atentaban contra la idea de que fuera ella, la Iglesia, el único camino hacia Dios (Glave, 1998). Entonces sí hay héroes. En el desgarrado mundo colonial hubo personas que encarnaron los valores comunes, como San Martín de Porras que representa la humildad y la caridad, y, sobre todo, Santa Rosa, que personifica la pureza y el coraje en la búsqueda de Dios. Si existía algo común en Lima era precisamente la adhesión a valores que, sin embargo, poco se practicaban. V Pero a mediados del siglo XIX la presión de los ideales cristianos era mucho menor. Entonces la moralidad pública perdió su asidero más firme. La declinante autoridad de la religión no fue sustituida por el convencimiento cívico de que la ley, al ser una para todos, es la forma más justa de lograr un orden social estable. La vida y la obra de Palma se sitúan en esa coyuntura y la aceleran. Palma les dice a sus contemporáneos que es natural que cada uno vaya a lo suyo y que nadie debe sorprenderse de que las cosas sean así. Las Tradiciones están pobladas de antihéroes. El principal de ellos es el «vivo», el que sabe sacar ventaja de una situación. Don Dimas de la Tijereta, por ejemplo, es tan vivo que es capaz de engañar al mismo diablo, obteniendo lo que quiere sin pagar nada a cambio. Pero esta forma de pensar tenía antecedentes en la época tardo colonial, cuando el despotismo ilustrado aligeró el peso de la religión en la conciencia de los criollos. Y en la obra de Palma quien representa esta 93
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