La urgencia por decir nosotros

La rigurosa disciplina espiritual de Úrsula de Jesús ordena su vida y conlleva una condena de la dejadez que rige la vida cotidiana de la ciudad profana. Y esta condena resulta de una coherencia lograda en base a la postergación de sí. Ello exige aislarse del mundo para atrincherarse en una vida conventual cuyo sentido es la comunicación con Dios. De más está decir que esta forma de vida es, a la vez, un ejemplo y una amenaza al mundo de aquellos que debiendo aspirar a esa coherencia permanecen en el peligroso ámbito de lo secular, sujetos a toda clase de dudosas incitaciones, sin vínculo permanente con la divinidad. Úrsula de Jesús ha seguido el sendero místico de la entrega incondicional a los designios de Dios. Este acercamiento la convierte en su emisaria. Le da una autoridad moral que está en las antípodas de su condición de mujernegra-esclava. Es una persona venerada a quien la gente le consulta, pues ella suscita respeto y esperanza. Esta digresión sobre la espiritualidad de Úrsula tiene como fin mostrar el desgarro de la subjetividad colonial, en especial durante el esplendor del barroco (1580-1750). El malestar que la instituye es la dificultad para armonizar sublimaciones tan exigentes con el llamado de los sentidos. En esa encrucijada el escape a la santidad es un camino para los pocos; todos los demás tendrán que lidiar con una vida marcada por la transgresión y la culpa. Y, por tanto, por la necesidad de purificación y castigo. Dios es el sostén de la ley y la moralidad en un medio donde proliferan las tentaciones. Y, otra vez, las jerarquías, y la falta de derechos, multiplican las oportunidades de abuso y de aprovechamiento del desvalido, cuyo rostro es la negra esclava y la indígena convertida en india, en sierva. En este aspecto es muy gráfica la acuarela de Fierro llamada La tapada y la chicharronera (figura 6). 91

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