La urgencia por decir nosotros

fragmentación y la culpa, está mediatizada, pero no anulada, por la tentación y la posibilidad que significa tratar al otro como una cosa. Una sociedad que vive a espaldas de los ideales que la fundan es una sociedad problematizada por la tensión entre sus creencias y sus prácticas. Y esta falta de coherencia es vivida por los individuos como una baja autoestima, como una imposibilidad de identificarse con lo colectivo, pues hay más vergüenza que orgullo en esta identificación. Es una sociedad donde la ley no prevalece y la transgresión es moneda corriente. La potencia de este conflicto no debe subestimarse. La transgresión es sistemática en una sociedad donde el otro no puede defenderse, pues es pobre y está hecho a la idea de servir. Entonces la tentación de usarlo está siempre presente. Pero, de otro lado, el llamado de la ley, y sobre todo la amenaza de un feroz castigo, es permanente. Entonces, ¿cómo transgredir sin poner en riesgo la salvación del alma? La Iglesia y el clero administran la salvación. Pero su papel es ambiguo: incitan el temor al castigo a la vez que alivian la conciencia de los pecadores. Entonces, se podría decir que si en el día domina la transgresión, por la noche lo hace el arrepentimiento. El poder terrenal, con sus donaciones, compra las indulgencias que le permiten transgredir, logra la complicidad del poder espiritual. Y como consecuencia la riqueza se transfiere a la Iglesia, que adquiere de esta manera una presencia sustantiva en la vida cotidiana. Nada lo expresa mejor que la precariedad de las casonas comparada con la magnificencia de las iglesias. A diferencia de ciudades como Roma y Madrid, donde son masivas las construcciones del poder terrenal, en Lima y el Cusco (casi) todo el excedente económico termina convertido en el deseo de amistarse con Dios. A través de las donaciones de los fieles, la Iglesia adquiere un poder económico que sirve para edificar «ciudades santas», espacios donde proliferan iglesias, monasterios, conventos y hospitales; desde allí irradia una poderosa influencia sobre la ciudad profana. Pero Palma deja en la penumbra este conflicto. Su propuesta es aligerar la culpa, desdramatizar la vida. Esta actitud es posible después de que la ilustración y el racionalismo han menoscabado el temor al castigo. Pero según Palma, ya en la época tardo colonial el poder terreno había logrado emanciparse en mucho de su miedo a Dios, situación que conlleva el deterioro de la moral y la pérdida de influencia de la Iglesia. Entonces se abre paso una actitud cínica pues, sin una ruptura con las creencias cristianas, se atempera el temor a la sanción de modo que la transgresión 88

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