únicamente— por su belleza física y atractivo, por su ingenio desenvuelto, por su coquetería y soltura. Y no debería ser así, puesto que por detrás de esta imagen, y Palma no puede dejar de registrarlo, está la realidad de la resistencia femenina contra el patriarcalismo colonial. Y la rebelión más emblemática de las mujeres tomó la figura de la «tapada»; de la joven, señora o anciana —o de la criolla, mulata o mestiza—, que gracias a enfundarse con la saya y el manto oculta su identidad. En este enfrentamiento lograba darse a sí misma una libertad de movimientos, y una cierta irresponsabilidad en el decir, que la convirtieron en emblema del valor de lo limeño. En realidad, la práctica de taparse el rostro, en contra de toda la profusa legislación civil y religiosa que la prohibía, significaba subvertir el orden jerárquico de las castas y los géneros. Indistintas a las miradas, anónimas, las mujeres homogenizaban su apariencia de manera que representaban la realidad, aunque fuera ilusoria y temporal, de la utopía de Palma de una indiferenciación racial. Entonces, la lucha por la libertad de movimientos y de expresión encontró en las mujeres sus protagonistas más caracterizadas. La razón de que el traje de la saya y el manto perdurara casi tres siglos tiene que entenderse en función de una peculiar relación entre los géneros. Quizá — entrando en el fértil pero frágil terreno de la conjetura— cabría decir que la autoridad moral estaba más de lado del llamado sexo débil. Mientras tanto, el hombre, fuera criollo o mestizo, estaba más sujeto al despotismo colonial pues, gracias a su impronta patriarcal, tenía ventajas sobre la mujer que lo terminaron convirtiendo en cómplice del statu quo. Difícilmente puede resultar un modelo de resistencia o un ejemplo de valor. Y no es coincidencia que entre los símbolos con los que se entreteje la leyenda de Lima, el más característico haya sido precisamente la tapada. Y, además, que Lima haya sido imaginada como una ciudad femenina. Pasando al punto decisivo de aquello que las Tradiciones ocultan, se tiene que decir que ignoran el conflicto que desgarra a la sociedad colonial y republicana, el fuego de donde nace la rebelión y la culpa. Y este fuego interior está dado por la desavenencia entre la crueldad cotidiana de la dominación y la supuesta prevalencia de la doctrina cristiana sobre la igualdad de los seres humanos. La contradictoria institución de la sociedad se convierte, otra vez, en rebeliones sociales o malestares de conciencia. Para muchos, especialmente los indios y los negros, se trata del rechazo del abuso. Para otros, los criollos, la urgencia es la búsqueda de santidad. Pero, en este último caso, dicha necesidad de coherencia, de evitar la 87
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