con lo blanco y el correlativo rechazo de lo indígena. Entonces hay algo discordante en esta posición. Se ignora la fuerza de los prejuicios coloniales para afirmar el valor de lo criollo, entendido como versión local de lo europeo occidental. Este es el camino del «blanqueamiento», aparentemente solo cultural, pero que reincide en un ocultamiento avergonzado del fenotipo indígena o africano. Cierto es que la propuesta de Palma representa un pacto o compromiso para escapar del laberinto colonial de las castas, de la jerarquización que segrega y fragmenta, pues en esa época el criterio oficial que mide el valor de la gente es la pureza de su sangre; de manera que cuanto más blanca, o blanqueada, sea una persona tanto mayor será su valor social. Y dentro de este marco era imposible la comunidad. Palma pretende que en los nuevos tiempos que corren, con la República, el color no importe, pues lo que define el valor de una persona es su afán de depurarse del pasado, simbolizado por lo indígena. Y el propio Palma es el mejor ejemplo de lo que dice y de los límites de la solución que propone. Por sus méritos, él es plenamente aceptado por la sociedad blanca limeña, pero a costa de aparecer como uno más de ellos. La movilidad social es ahora mucho más fluida que en el mundo colonial, pero el color de la piel, aunque puede «perdonarse», sigue siendo de manera clandestina un marcador de estatus social. II Las Tradiciones peruanas, que deberían llamarse «limeñas», representan fabulaciones marcadas por la ironía y el humor. José Miguel Oviedo señala que «no hay un único tipo de tradición, aunque Palma es inconfundible, sus maneras son muchas y a veces sorprendentes. Estamos ante un género de naturaleza híbrida y la proporción que se establece entre sus elementos es sutil pero hace toda la diferencia» (Palma, 1977, p. XXIII). El uso que hace Palma del término ‘tradición’ merece un comentario. Ante todo, la palabra evoca lo inmemorial, lo que se hace desde siempre. Pero Palma la utiliza para nombrar un género de relatos donde la imaginación del narrador está muy presente, por lo que estos relatos no podrían considerarse «tradicionales». Entonces al usar el nombre «tradición» lo que pretende Palma es encubrir su autoría y hacer pasar la narración como una creación colectiva o como hechos verídicos que él se limita a transcribir11. En realidad Palma crea un género literario que combina el cuento con la historia, la oralidad con la historiografía; se trata de una estrategia narrativa que esconde la autoría personal. El meollo de la 82
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