[…] dibuja mal, acuarela peor […]. Con todo Pancho Fierro es artista, gran artista. El artista nace —es el temperamento—; el ganapán, el mero ejecutante, el traductor fiel de semblanzas, por ejemplo —se hace— es cuestión muchas veces de saliva, mucho pulso, saliva y paciencia. Pancho Fierro siendo un intuitivo, un analfabeto, no podía manualizar mejor, pero tenía enorme médula, era genial. Sentía celosamente, sabía ver, crear, documentar incesantemente. Su obra es de un valor documentario considerable (Castillo, 1919c, p. 1200). Pese a los elogios, Castillo solo reconoce en la obra de Fierro un valor documental. En realidad, lo que más le interesa son las acuarelas que representan a las «tapadas» y quizá, más que el tratamiento de Fierro, lo emociona la misma realidad de las mujeres limeñas usando algo que les llega a ser tan propio como la saya y el manto. Y para Castillo el tono que marca las acuarelas de Fierro es el humor, la comicidad. Son recuerdos divertidos de una época más auténtica pero definitivamente ida. Castillo es impermeable a la crítica social plasmada en las acuarelas de Fierro. No las ve en detalle. Sobrepone a las imágenes los comentarios de Palma. Más allá de los comentaristas, podría decirse, quizá, que la obra de Fierro apunta a imaginar un «criollismo inclusivo», un tejido social que permita la coexistencia igualitaria de distintos grupos sociales. Pero ese proyecto hubiera requerido reemplazar lo criollo por lo mestizo, identificarse más con lo indígena que con lo blanco, posibilidad que solo aparece con el indigenismo. Antes, lo criollo es con lo indígena como el agua y el aceite. En efecto, lo criollo se identifica como una realidad local que se define a partir de su origen extranjero. Entonces, la reiteración del nombre criollo significa la reactualización de un voto: no olvidarse y reivindicar el origen foráneo como fundamento de la identidad y la autoestima. Ser criollo implica pues un poner distancia con lo indígena, disminuir su valor, y ansiar un blanqueamiento, una utópica mímesis con lo original, lo europeo, lo paterno. Entonces la extensión del criollismo al mundo del mestizaje significa asumir una vocación etnocida respecto de lo indígena. Aunque redimible, el indígena era valorado como un ser abyecto que debía acriollarse. Entonces el «criollismo inclusivo» no es una posición sostenible. Más aun por el hecho de que Fierro era mulato y limeño. La Lima que retrata Fierro es una ciudad donde coexisten, en una cotidianeidad jerarquizada y áspera, blancos, negros, mestizos e indios. Y lo hacen en mundos bastante segregados, que poco tienen en común. Y con la consolidación de la República, ya en la época de Palma, el criollismo se torna exclusivo, le 71
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