habitantes de la Amazonía. En el estereotipo, el «chuncho» tiene escaso contacto con el mundo moderno. Y es juzgado como impredecible, pues es percibido, a la vez, como tímido e inseguro pero también como salvaje y feroz. En realidad, la danza de tijeras tiene un origen colonial y podría ser el paralelo indígena del son de los diablos, practicado por los negros. Ambas danzas tienen un origen precolombino, pero se cristalizaron asimilando muchos elementos españoles. En todo caso, la diferencia estaría en que el son de los diablos se legitima al incorporarse a las celebraciones religiosas. Mientras tanto, la danza de tijeras sobrevivió como ritual casi clandestino asociado más a las fiestas agrícolas que a las religiosas. En todo caso, el goce indígena, tal como es retratado por Fierro, aparece como más ordenado y contenido que el más desbocado de los negros. No obstante, las figuras un tanto acartonadas de Fierro hacen sospechar cierta distancia del acuarelista respecto al mundo indígena. En efecto, en la danza de tijeras se performan valores esenciales de la cultura andina, como son la disciplina, el esfuerzo, la resistencia al dolor, la competencia. De la conjunción de estos valores emerge la figura mítica y heroica del danzaq, el gran bailarín capaz de las proezas más sorprendentes. XIII Es claro que la recuperación criolla de la obra de Fierro comienza, en cierto sentido, con Palma. Pero será a inicios del siglo XX cuando Fierro y sus imágenes se conviertan en íconos del criollismo. Natalia Majluf ha analizado el fenómeno en los siguientes términos: De un lado, el pintor es caracterizado como un artista popular que expresa intuitivamente los valores culturales de una colectividad. Su arte sería una creación ingenua, desprovista de racionalidad pero autenticada por la pertenencia del artista a una clase social. De otro lado, se va construyendo la imagen de una individualidad artística, la de un creador original que produce su obra dentro de los valores asignados tradicionalmente al artista en la historia del arte europeo. Al narrar la historia del costumbrismo peruano, entonces, los escritores criollistas crearon una paradoja singular, la de un autor anónimo con nombre propio. (Majluf, 2008, p. 21). Uno de esos autores fue Teófilo Castillo, pintor y crítico de arte, que en 1919 publica en Variedades, en cuatro entregas, un estudio sobre Fierro. Castillo describe el arte de Fierro como muy limitado: 70
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