La urgencia por decir nosotros

aquellos que viven en la ciudad o los que vienen a ella desde poblados como Chorrillos o Surco. O, incluso, los que llegan desde más lejos a comerciar sus productos o a lograr la bendición para su santo patronal. En cambio, estas presencias están invisibilizadas en la narrativa de Palma, que define lo criollo desde la exclusión del elemento indígena. En este sentido, es sintomático que Palma no comente las acuarelas de Fierro donde aparecen indígenas, o que lo haga parcamente y sin mencionar la condición étnica de los personajes retratados, condición manifiesta sobre todo en los trajes. Pero también omite comentar las fiestas y los bailes indígenas. Para Palma, el indígena no puede ser parte del mundo criollo. Es una figura no solo extraña a la naciente nacionalidad, sino que además el ser criollo se define como negación de lo indígena, que pasa a ser considerado como algo extraño e inferior. De otro lado, Palma, dentro del mundo de lo criollo así definido, tiende a borrar las diferencias entre grupos sociales: las jerarquías raciales y económicas. Subraya el mestizaje, la homogeneidad. Imagina un mundo donde sería realidad la famosa frase: «Quien no tiene de inga tiene de mandinga». En la expectativa de dar una mayor densidad a la aún vaporosa ideología republicana, el proyecto de Palma convoca a reprimir las diferencias, a ignorar las jerarquías, vistas como residuos transitorios llamados a desaparecer en el hirviente crisol del mestizaje. Entonces la mirada de Fierro es más inclusiva y veraz. Corresponde a una época en que el término «criollo» conserva su significado colonial, de manera que designa a la aristocracia blanca y a los negros nacidos en el Perú. Y excluye a la población mestiza, percibida como plebe. Es decir, es un término propio de un momento en el que la segregación está en retroceso pero aún no se ha cristalizado la débil síntesis criolla. Ahora bien, que Fierro reconstruya las diferencias no apunta a naturalizar las subordinaciones, pues en sus imágenes es visible una crítica sutil de las jerarquías. Su visión de Lima es más inclusiva, pues resalta la heterogeneidad étnica que el criollismo de Palma habría de silenciar. En realidad, la propuesta de Palma —consistente en definir al peruano como un criollo, un mestizo indiferente a la diversidad racial y cultural, capaz de nutrirse de todo— es un compromiso integrador que llama a relegar de la conciencia pública la abrumadora realidad del racismo y la jerarquización étnica. ¿Y a dónde apunta la propuesta de Fierro, con su reconocimiento de la vitalidad de lo jerárquico y lo colonial en la naciente República, con su 66

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