La urgencia por decir nosotros

y, por tanto, en la trayectoria de la embestida del toro. Para evitar una cogida, tendrá que mover su capa o hacer un quite. Y tendrá que hacerlo rápido, pues el toro está ya muy cerca. Es obvio que corre un riesgo, que expone su vida, pero, en medio de todo, conserva la sangre fría que le permitirá ejecutar la maniobra que lo salvará de la furia del toro. Este momento, de peligro y valor, sobrecoge el ánimo de la multitud, la deja pasmada en un instante al que se sobrepone cuando la destreza del torero logra burlar al animal que embiste al señuelo, y se salva así de una cogida y de probable muerte. Ese instante de la corrida, cuando reina en la plaza el peligro y la incertidumbre, es el que Fierro fija e inmortaliza como el núcleo mismo del arte de torear. Elías Canetti ofrece valiosas sugerencias para entender la formación de comunidades. La unidad superior a la que el hombre se siente vinculado es una masa o símbolo de masa […] estos símbolos nunca aparecen desnudos ni solos: el miembro de una nación se ve siempre a sí mismo en relación fija con un determinado símbolo de masa que, disfrazado a su manera, ha llegado a ser el más importante para su nación. En el retorno regular, en el aflorar del símbolo toda vez que el momento lo exige, reposa la continuidad del sentimiento nacional. Con él y solo a través de él varía la conciencia que una nación tiene de sí misma (Canetti, 2002, p. 211). En el caso de España, piensa Canetti, ese símbolo es el matador (2002, pp. 218-219). Entonces la multitud se reconoce a sí misma como comunidad en tanto participa en esa celebración del coraje, la destreza y la gracia del matador, quien convocando al riesgo que significa la embestida del toro, logra excitarla pero la evita gracias al despliegue de una elaborada y elegante coreografía que hace que el público rinda su admiración más sentida con grandes aplausos. Dice Canetti: «Cada cual advierte en los demás lo que en ese momento le emociona a él mismo. La visible emoción de los demás intensifica la suya» (2002, p. 211). Por su parte, Jesús González Requena escribe: «Por el contrario: el toro bravo es indomable. Y se crece ante el castigo. Ese crecerse ante el castigo, que es lo que el torero aprende del toro, da la medida misma del héroe. Pues tal es lo propio del héroe, como del toro y como del torero capaz de hacerle frente: su capacidad de crecerse ante el castigo» (2013, p. 6). El torero es un héroe en tanto se mimetiza con el coraje del toro, y lo gobierna. De otro lado, señala este autor: el toreo representa un modelo de procesamiento de la pulsión ciega que nos habita. El torero conduce y da forma a la salvaje energía del toro, la convierte en movimiento grácil, en 36

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