un rito en el que perdura la celebración de las conquistas del hombre sobre la naturaleza, tanto la exterior, como, acaso sobre todo, la interior, ya que es el prototipo del caballero que tiene que impedir que sus miedos se desborden, pues tiene «vergüenza», sabe que su faena está siendo seguida por el público al que se debe y, lo peor, abdicar a su oficio, sería defraudarlo por su cobardía o impericia. Entonces, en una sociedad tan disgregada y variopinta, atravesada por toda clase de jerarquías (étnico-raciales, económicas y de género), la Plaza de Acho representaba un espacio donde brotaba una chispa de comunidad, pues todos se identifican con el matador, el héroe de la multitud. Es un modelo de identidad: es el hombre diestro en su oficio, valeroso y elegante, que arriesga su vida para complacer a un público que se confunde en la admiración por tan preciadas cualidades. Y aunque efímero, el momento es tan intenso como para dejar una huella de comunidad, pues, por algunos momentos, cada uno ha sido, también, como el otro. VI El mandato al que parece obedecer la imaginación de Fierro es producir un retrato de la sociedad de su tiempo. Pero, por alguna razón a desentrañar, este proyecto se realiza privilegiando lo fragmentario, de manera que son muy pocas las composiciones donde el autor aborda escenas que suponen espacios amplios y multitudes significativas. Entonces, su mirada se concentra en figuras aisladas, sean retratos esquemáticos de tipos genéricos o representaciones precisas de individuos con nombre y apellido. En otras ocasiones, Fierro se concentra en grupos muy pequeños que interactúan en espacios muy sumariamente representados. Sobre el porqué de esta situación, podríamos conjeturar las dificultades técnicas para elaborar imágenes complejas, o la falta de tiempo para detenerse en una composición, cuando la propia necesidad económica hace necesario producir muchas. Otra posible respuesta, quizá más probable, remite a la precariedad de los vínculos sociales, a la debilidad de los sentimientos comunitarios en una sociedad tan jerarquizada como la limeña de la época. La idea de Lima como una sociedad atomizada, compuesta por individuos muy débilmente entretejidos, ha sido postulada por Alberto Flores Galindo (1982; 1984). Lo contrario de esta percepción parecería estar patente en la siguiente obra del pintor alemán Johann Rugendas (figura 7). 37
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