La urgencia por decir nosotros

y la negra esclava, casi una niña. Fierro vive pues entre los dos mundos. No es totalmente rechazado por la familia del padre, que poco tiempo después vuelve a comprar a la madre. Además, su tía paterna le deja a Fierro como herencia una parte de su casa. Y, sobre todo, no nace esclavo por expresa disposición de su familia paterna. Entonces, no es un esclavo más, pero tampoco es que haya sido aceptado como un igual. Su padre no firma su partida de bautismo. En realidad, como muchos en la sociedad limeña colonial, vive en la penumbra de la ilegitimidad. Es probable que en su infancia se haya desempeñado como empleado doméstico, entre consentido y puesto en su sitio. En todo caso, una cosa es segura: Fierro tiene que haber conocido la intimidad de ambos mundos. Y quizá ese conocimiento explica su comprensión profunda de la sociedad limeña y, también, su capacidad para dar cuenta de la diversidad, su resistencia a simplificaciones descalificadoras. Antes de explorar los vectores expresivos de la obra de Fierro, es conveniente mostrar su genio, su talento de observador que por su propio desasimiento es capaz de captar lo peculiar, justamente aquello que trasciende al estereotipo que, por el contrario, tiende a lo banal y reiterativo. V El genio de Fierro asoma en muchas de sus composiciones. Pero, acaso, lo hace con más fortuna en aquello que él más amaba. Me refiero a las corridas de toros. En su época, Lima contaba con alrededor de 65 000 habitantes. Y el edificio público más significativo era la Plaza de Acho, que podía acoger entre 10 000 y 13 000 espectadores. La corrida de toros era el espacio que convocaba a todos los limeños. Entonces, más allá de las diferencias que los atomizaban como colectividad, la tauromaquia era un ritual en el que todos podían vibrar al unísono, sentirse parte de una comunidad. «Si mi patrón se va a los toros, vámonos todos» reza el viejo dicho que pone en evidencia la licencia que se concedía el mundo de la servidumbre y la plebe a la luz del ejemplo dado por la aristocracia. Las corridas no eran numerosas pero sí largas: se llegaba a lidiar hasta doce toros por tarde. Y el ambiente era festivo, pues se consumían potajes populares que en otras ocasiones hubieran sido rechazados por la aristocracia: la chicha de jora y la butifarra. Fierro era el diseñador de los carteles que anunciaban las corridas. Pero lo que certifica su gusto por la tauromaquia es lo logrado de sus acuarelas. 34

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