principios del siglo XX —con los artículos de José Antonio de Lavalle y Teófilo Castillo—, cuando el mundo que él había retratado era ya en gran parte historia. Entonces sus imágenes, que ya no comprometían a ese presente, fueron valoradas, con admiración y añoranza, como características de un pasado que antes no fue reconocido pero que ahora resultaba motivo de orgullo y nostalgia. En definitiva, a principios del siglo XX las imágenes de Fierro ya no eran peligrosas. Y aunque seguían siendo veraces, podían ser apreciadas de manera distinta, como la quintaesencia del criollismo, en vez de ser valoradas como la crítica del mundo colonial tan vigente en las primeras décadas de la República. Entonces Fierro comienza a convertirse en un autor de culto, celebrado tanto por conservadores como por vanguardistas. Su mirada de Lima será rescatada tanto por el nacionalismo criollo de Teófilo Castillo como por el indigenismo de Sabogal. ¿Por qué en su momento las imágenes de Fierro resultaban subversivas? Siguiendo la pista de Macera, podríamos decir que lo eran por su veracidad, por mostrar a la gente fuera de su «disimulo», en la llaneza de su situación. En efecto, desde una mirada desprejuiciada, Fierro consigue trasponer a la imagen una realidad que mucha gente no quiere ver. Y no es que se trate de una mirada despiadada, como puede ser la de Felipe Pardo en su poesía sarcástica. Pardo se burla de las pretensiones democráticas de una sociedad donde la jerarquía es omnipresente. Resaltar lo insustancial de esas pretensiones es lo que mueve a risa. La vida limeña se le aparece a Pardo como una comedia donde todos aparentan, torpemente, ser lo que no son. De otro lado, la obra de Fierro tampoco es un discurso moralizador, como lo puede ser el costumbrismo de Segura. A Segura le interesa defender un republicanismo meritocrático y progresista que en su obra se convierte en el ideal regulador de una sociedad saturada de prejuicios coloniales y autoritarios. En realidad, creo que Fierro cala más hondo. A veces puede haber una ironía en sus retratos, pero este no es el temple que define su obra. Lo que pretende es más bien una objetivación piadosa de sus contemporáneos. Entonces, sus acuarelas, aunque puedan ser simples, no son caricaturescas pues siempre pone por delante la humanidad de sus modelos. Su obra pueda ser afiliada al costumbrismo, pero con la condición de particularizar el respeto de Fierro por la gente que retrata. Entonces, quizá, no se trata tanto de producir una galería de «tipos nacionales» como sobre todo de dar cuenta del mundo que lo rodea en su compleja diversidad. Lo suyo, el mandato o desafío al que responden su 32
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