pincel y con facilidad extraordinaria dibujaba un retrato, que más de una vez ha dado un gran trabajo a otros pintores para copiarlo. Pues bien, ese genio ha muerto el lunes último. Deja numerosos cuadros al óleo y muchos retratos a carboncillo, única herencia de su desconsolada familia (El Comercio, citado por León y León, 2004, p. 27). La nota alude a una fama que se restringe al campo de la oralidad, que no llega al texto escrito. Un reconocimiento que, de otro lado, tampoco se traduce en un precio significativo para sus obras, pues sus acuarelas se vendían por dos y tres pesos (Macera, 2009), pese a la calidad de los ingredientes que utilizaba (Stastny, 2007). Y se vendían en locales de propiedad de italianos, como la confitería Broggi. De allí que Fierro tuviera que prodigarse en una vasta producción de imágenes5, la mayoría de ellas compradas por extranjeros que se las llevaban como recuerdos a la hora de regresar a sus países de origen. En todo caso, la nota lo califica de «genio», le adjudica una «facilidad extraordinaria» y lo sitúa como pintor de costumbres, capaz de trasladar a la imagen los «tipos nacionales». A la luz de estas sentidas calificaciones, se abre la pregunta sobre las razones del escaso reconocimiento que tuvo en vida. En realidad, causas no faltan: su incierto origen social, su formación autodidacta, la ambigüedad que despiertan los temas que son la sustancia de su obra. En este último aspecto, la hipótesis del eminente historiador Pablo Macera es muy sugerente. Las acuarelas de Pancho Fierro fueron probablemente en su tiempo un arte peligroso. Pintar de verdad a Lima no era fácil, a mediados del siglo XIX, para un hombre desprovisto de amparo social que, según nos cuenta Cisneros Sánchez, vendía sus dibujos al detalle en las pulperías limeñas. La ciudad y sus hombres tenían de sí mismos una imagen consoladora y no estaban dispuestos a que nadie viniese indiscretamente a cambiarla. Pancho Fierro tuvo que hacer de la ambigüedad una regla de oficio: insinuar más que decir, estar a la disculpa si fuera necesario. En definitiva usar de la disimulación, antiguo recurso que los débiles les oponen a sus vencedores […] (Macera, 2009, p. 253)6. Pancho Fierro produce un vasto conjunto de imágenes sobre la Lima del Ochocientos. Pero la hipótesis de Macera nos hace preguntarnos: ¿alguien quería ver realmente estas imágenes? ¿Acaso no harían notoria una situación que la aristocracia criolla prefería ignorar? Digamos que las imágenes de Fierro imponen o sugieren un autorreconocimiento a un mundo social que no desea verse, pues aún no termina de aceptarse. De allí que su obra comience a ganar prestigio solo después de su muerte, a 31
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