menospreciado. Y si quiere obtener algún reconocimiento está llamado a identificarse con eso, con esas imágenes. Esto significa que está invitado a explorar dentro de sí, quizá a redefinirse de una manera distinta, ya no en base a sentirse superior respecto de lo indígena. La apertura de las élites a la música tropical andina y a la estética de los vestidos tradicionales ha sido también valorada como una impostación sin consecuencias (Patiño, 2014). Pero por las razones ya dichas, esta observación tiene que relativizarse. En todo caso, el futuro lo dirá. V El nacionalismo, la formación de la nación, resulta de una transacción entre la vocación universalista del proyecto moderno y la realidad inapelable de las tradiciones locales. Entonces la realización de los ideales de la modernidad —la libertad, la igualdad y la fraternidad— tiene que localizarse en espacios previamente moldeados por los intercambios sociales, tales como el idioma, la economía, la religión y demás tradiciones culturales. Y esta simbiosis de la que surgen las naciones es anticipada y guiada desde la producción artística: imágenes, narraciones, poesía, música, danza. Aquí la acción estatal es decisiva, pues solo el Estado puede aspirar a la capilaridad necesaria para difundir la «cosa» o «sustancia» nacional. En este proceso, el nacionalismo es la ideología de la integración y la solidaridad. Los individuos se fortalecen en tanto pertenecen a una comunidad en la que se reconocen y son reconocidos. Allí aprenden lo que son. El nacionalismo anticipa la integración social y la solidaridad como hechos naturales y felices para todos. Y ese «todos» es complejo y diverso, pero está compuesto por quienes creen en ciertas historias que los emparentan, por quienes comparten una buena voluntad y un cariño hacia la sociedad donde están sus raíces, por quienes creen en la prevalencia de la igualdad sobre la jerarquía. En otras palabras, la función civilizatoria del nacionalismo es crear una comunidad de personas que se sientan iguales, que sean capaces de obrar solidariamente, pues se reconocen como parte de una misma historia; caminando, además, hacia el mismo futuro. Esta función civilizatoria supone la elaboración de un relato que despierte entusiasmo, amor propio, un cierto, sano, narcisismo colectivo. Esta elaboración es sobre todo dar forma a los vectores espontáneos de la vida cotidiana en una sociedad. Si la libertad, la igualdad y la fraternidad logran enraizarse, entonces 303
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