españoles incluyendo en ella mestizos claros, sobre todo si tienen una situación acomodada. En realidad en la categorización étnica de la gente el color de la piel era solo un criterio más pues también pesaban la ocupación, el ingreso y la educación. Como se ha dicho, en el momento de la declaración de la Independencia, Pancho Fierro tiene catorce años. Los suficientes para poder recordar momentos tan inciertos y decisivos como los que se produjeron en el mes de julio de 1821. En realidad, el mundo aristocrático limeño se vio confrontado con una situación que no deseaba: tenía que optar entre la patria y el rey. Lima había sido, especialmente bajo el gobierno de Abascal, el baluarte de la resistencia española contra el avance de la causa independentista en Buenos Aires, Santiago y Caracas, pero ahora la ciudad se veía sitiada por el ejército de San Martín. Las autoridades virreinales habían excitado el sentimiento de fidelidad al rey con el plausible argumento de que los criollos no tendrían futuro en una sociedad donde estuviera ausente la autoridad colonial: muy pronto serían eliminados por los negros y los indios que conformaban la inmensa mayoría de la población del país. La propaganda oficial se solazaba recordando la rebelión de Túpac Amaru y la guerra de razas a la que dio lugar e, igualmente, el asesinato indiscriminado de blancos que se produjo con motivo de la sublevación de los esclavos negros en Haití. Para el mundo criollo, más allá de las ideas, lo importante era la seguridad de vidas y haciendas. Entonces, cuando el virrey La Serna decide abandonar Lima —pues juzga que ante el acecho de San Martín y el ejército libertador su posición es insostenible—, el pánico cunde entre los criollos. Ese día, el 6 de julio de 1821, muchas familias criollas abandonan la capital y emigran hacia el Callao, plaza que sí estaba defendida por las tropas realistas. Las memorias de Basil Hall, jefe del escuadrón de la Real Armada Británica en el Pacífico, son, al respecto, reveladoras: Un terror vago de alguna terrible catástrofe era la causa de este pánico universal; pero había también una fuente definida de alarma que contribuía en gran manera al extraño efecto que he intentado describir. Este era la creencia, intencionalmente propagada, y acogida con el ansia enfermiza de terror, de que la población esclava de la ciudad pensaba aprovechar la ausencia de las tropas para levantarse en masa y masacrar a los blancos. En cuanto a mí, no pude creer que esto fuera posible; pues los esclavos nunca tuvieron tiempo para tomar tal medida, y sus hábitos no 29
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