de construir mapas, representaciones plausibles de nuestro entorno. Imágenes donde se objetiven los sentimientos e ideas a los que nos convoca algo que tiene un trasfondo inédito y perturbador. Y esta objetivación es también una forma de hacer familiar y predecible lo insólito e inesperado. Nos estamos refiriendo a las migraciones y las nuevas aglomeraciones urbanas que surgían de la noche a la mañana en los terrenos eriazos de la capital y que impulsan a que Lima pase de 700 000 habitantes en 1940 a más de ocho millones en 2013. Quizá lo más sintomático es que la población nombrada no se identifique con los nombres con los que se pretende bautizarla. Esta resistencia, presumo, se funda en la sensación de que tales definiciones realzan diferencias que restan valor a los nombrados. Ocurre que cada nominación tiene sus claroscuros y no llega a ser indiscutible. El término «cholo» está aún cargado de connotaciones negativas (Cosamalón, 1993). Lentamente está siendo resignificado, y el germen de este proceso se basa en potenciar las escasas resonancias positivas que el término siempre contuvo, tal como aludir a alguien recio y luchador. No obstante, tampoco es que sea asumido «a boca llena», con orgullo, por la población que designa. «Cholo» es un término aún demasiado controversial. La mayoría prefiere el menos cargado de «mestizo». El término «chicha» tiene también connotaciones ambiguas, pues remite tanto a lo sabroso y lo propio como a lo informal y poco serio. En este sentido se parece al término «criollo», aunque lo renueva reforzando la raíz indígena. Finalmente, en el caso de «nuevos limeños», la calidad de ser reciente es la base de la nominación, pero subrayar la novedad como criterio clasificatorio podría ser entendible para la primera generación; prolongar este uso significa perennizar algo temporal. Llamar «nuevo limeño» al nieto de un migrante es una calificación muy discutible. En todo caso, si fuera evidente una diferencia significativa, una nueva forma de vida, lo más apropiado sería buscar otro nombre. La ausencia de una apelación firme se reproduce en el caso del hábitat asociado a los migrantes. El antiguo término «barriada» resulta inadmisible por su tono despectivo. Además, muchas «barriadas» se han convertido en barrios con todos los servicios que definen al espacio urbano consolidado. Y el de «pueblo joven», instituido por el gobierno de Velasco, puede sonar hoy, 45 años después, como remoto o irónico. Tampoco es firme el nombre «asentamiento humano», pues su aparente neutralidad oculta que el término «asentamiento» se usa sobre todo en la 292
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