La urgencia por decir nosotros

religiosas; en todo ello le resultaba evidente que se reproducía mucho de la cultura indígena: estaba emergiendo una realidad imprevista pero decisiva en el futuro del país. Cincuenta años más tarde, ahora, resulta indiscutible que, en el enmarañado mundo de la migración, a propósito de múltiples encuentros y fusiones, se está gestando una nueva cultura llamada a irradiar una gran influencia en el conjunto del Perú. Por lo pronto su impacto se deja sentir, por ejemplo, en la música, en el género tropical andino, donde se conjugan ritmos y melodías de muy distintas vertientes, para formar un sonido potente y atractivo para peruanos y peruanas que son muy diferentes entre sí. Y también se siente en la vitalidad de la pequeña y mediana empresa. Por no hablar del tan comentado desarrollo de la gastronomía. Lo novedoso de esta cultura se deja ver en la falta de acuerdo para otorgarle un nombre. Es una realidad tan móvil e inédita que carece aún de una nominación contundente. Algunos hablan de un proceso de cholificación o del surgimiento de una cultura chola, haciendo énfasis en un mestizaje de raíz indígena como el rasgo mayor de este nuevo mundo. Aunque Aníbal Quijano —quien planteó ese término en 1964 (1980)— duda acerca de si se trata de un fenómeno transitorio, de una suerte de adaptación morosa a las nuevas condiciones urbanas, o de si, por el contrario, estamos ante una realidad diferente llamada a la permanencia y el desarrollo. Por su parte, Hugo Neira enfatiza el quiebre: «En suma, lo cholo como temática revela la ruptura de los lazos tradicionales y la aparición de nuevos gustos, de nuevas formas de vida. Somos hoy una sociedad compleja» (2009, p. 32). Otros prefieren hablar de «cultura chicha», subrayando la apertura a la mezcla, la alta valoración del sabor y el goce, y la tendencia a la informalidad como las características de esta emergente realidad. Finalmente hay quienes, de una manera quizá más neutra, o precavida, prefieren usar el nombre de «nuevos limeños» o «nuevos arequipeños» o nuevos de donde fuera el caso, apelando a que habría surgido algo distinto que, hasta el momento, se puede definir mejor en contraste con el mundo criollo y con el mundo indígena de donde ha emergido. Es reveladora la falta de un nombre convincente que, para empezar, la población designada asuma y reconozca como propio. Esta situación no puede ser gratuita y obedece sin duda a una falta de consenso entre los que tienen el poder de nombrar y aquellos que suelen ser nombrados. En realidad, la urgencia de nombrar proviene de la necesidad existencial 291

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