La urgencia por decir nosotros

se expresa precisamente en el fantasma de la guerra de razas. Otro tanto sucede con los pueblos invadidos: ellos fueron silenciados, se les intentó aplastar, despojarlos de cualquier capacidad para producir una explicación alternativa a los traumáticos acontecimientos que vivieron. No hubo una historia indígena porque, para empezar, los pueblos andinos estaban profundamente divididos. La invasión tuvo éxito en tanto logró desencadenar una guerra entre los pueblos nativos. Este aspecto es difícil de aceptar para el mundo indígena. En el mito de Inkarrí queda reprimido, pues la lucha se presenta como a dos bandos. En cualquier forma, ahora, en el Perú están abiertas las puertas para la elaboración de esa «memoria justa» cuya función es precisamente la superación del trauma y de los fantasmas respectivos. Desde el punto de vista ético, la invasión española fue una monstruosidad, pues significó la perversión de todos los valores cristianos que fundamentaban a la propia sociedad española. De esta contradicción surge el indigenismo con su gran paladín, el sacerdote dominico Bartolomé de las Casas. Esta situación tiene que reconocerse. De la misma forma, también debe admitirse que las rivalidades entre las sociedades andinas fue el factor fundamental de su derrota militar. Y, finalmente, que la fusión entre lo nativo y lo occidental ha llegado a ser tan profunda que los proyectos de un regreso a 1532, al Imperio de los incas, son fantasías con un trasfondo de mezquindad, pues no reconocen los múltiples aportes de Occidente a las actuales sociedades indígenas y mestizas. Y otra vez se impone una mención a José María Arguedas y a Ernesto, el protagonista de Los ríos profundos. Ernesto anuncia esa «memoria justa» que permite el desvanecimiento de los fantasmas con que los peruanos hemos cargado por siglos. Ernesto es un desarraigado porque no tiene fantasmas. En algunos aspectos se identifica con lo indígena y en otros con lo criollo. Y no siente que haya contradicción en su postura. Quien guía su selección de preferencias es su espíritu de justicia, agudamente desarrollado. Entonces, del mundo indígena hace propios la alegría de la fiesta, la música y el baile, sus luchas contra el opresivo gamonalismo y su sentirse en medio de un mundo viviente con el que se puede encontrar en comunión. Pero nada impide que Ernesto haga suya la admiración por Jesús y que sea un lector apasionado y un escritor en ciernes. Es como si él hubiera ya elaborado la «memoria justa» sobre la que tiene que fundarse la nación peruana. 288

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