visible la existencia de un sustrato no colonizado desde donde emerge un sentimiento de odio y una actitud de orgullo y resistencia. De esta última actitud tendrá que nutrirse el nacionalismo que conjure los fantasmas que asedian la conciencia de los peruanos. En esta narrativa de Inkarrí se entremezclan realidad e imaginación, pues a la existencia de la explotación del indio se articula el deseo de revancha para crear esta fantasía donde, más allá de sus diferencias, los pueblos indígenas podrán actuar mancomunadamente para «voltear la tortilla». Pese al intento de darle un perfil político partidario65, el fantasma de Inkarrí, como el de la guerra de razas, se ha ido debilitando y transformando. Los vectores de esta transformación son bastante claros. Primero, sacudirse de la servidumbre se ha convertido en una hazaña individual más que en una empresa colectiva. Y, segundo, el espacio de esta liberación no ha sido político y militar sino ideológico y económico, como se verá más adelante. Los fantasmas de la guerra de razas y del retorno de Inkarrí son, en realidad, respuestas al trauma que significó la invasión española de las sociedades andinas. Y cuando hablamos de trauma nos referimos a un acontecimiento brutal cuyas huellas persisten en tanto no puede ser narrado, explicado, de una manera que sea convincente y emocionalmente satisfactoria para las comunidades que fueron tan profundamente marcadas por esos hechos decisivos, pero imprevistos, que solemos calificar como «traumáticos». Y cuando no es posible una explicación equilibrada, surge, en su reemplazo, una narrativa fantástica o fantasmática. Esa narrativa, repito, no es una explicación sino que representa el retorno de la verdad reprimida bajo una forma fabulosa, mítica, que no es totalmente aceptada, aunque tampoco pueda ser eliminada. Los intentos criollos por elaborar una historia «sin fantasmas» han fracasado pues ignoran la culpa del lado criollo y el odio del lado indígena. Entonces resulta que la historia oficial criolla, por sus silencios y sombras, termina produciendo los fantasmas que una «memoria justa» podría eliminar. Una «memoria justa», dice Ricoeur (2003), es la que surge de la dialectización o síntesis de todas las perspectivas posibles sobre un acontecimiento. Supone que todas las partes puedan expresar su verdad para luego entrar en un diálogo que implica un reconocimiento del otro, una empatía, una compasión. Y en el Perú ese proceso se está dando de una manera lenta, aunque segura. 286
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx