«indiada», que es el rostro feroz de los indígenas insurrectos, permanece latente, aunque se actualiza periódicamente con las sublevaciones y las movilizaciones sociales, especialmente con el gran levantamiento de Túpac Amaru en el siglo XVIII, continuado por Túpac Katari en el Alto Perú63. No obstante, es un hecho que los «indios» nunca estuvieron unidos, pues el elemento decisivo en el éxito de la invasión, así como en la derrota de las sucesivas insurrecciones, fue la división en el mundo indígena, que empezaba con los enfrentamientos entre los curacas que lo dirigían. Y como las autoridades coloniales, y los criollos, eran muy conscientes de lo exiguo de su número frente a la vastedad del pueblo colonizado, siempre estimularon la fragmentación siguiendo el viejo precepto de «dividir para imperar». En la República, el fantasma de la guerra de razas continuó, aunque su asidero en la realidad se debilitara, principalmente por el avance del mestizaje y de la cultura criolla, con su llamado a considerar irrelevantes las diferencias raciales. Entonces, sin desaparecer, las sublevaciones indígenas continuaron pero de manera más localizada y con reivindicaciones más puntuales de lo que sería la expulsión o exterminio de los invasores y sus descendientes. En todo caso, hasta la década de 1990 existía el temor de una revolución comunista, de raíz chola e indígena, que forzaría el exilio del contingente criollo más acomodado de la población peruana. De allí que en esa época fuera frecuente que la gente de este sector ahorrara en dólares, en el extranjero, de modo de proveerse de una seguridad en caso de que tuvieran que abandonar el país. Pero, como venimos de decir, el fantasma se nutre no solo de una evaluación objetiva de la realidad sino también de la imaginación. Y el elemento imaginativo en el caso del fantasma de la guerra de razas está dinamizado por el sentimiento de culpa que existe en la subjetividad criolla. Y es que desde siempre la dominación colonial traicionó los principios que la legitimaban. El cristianismo fue distorsionado para cohonestar la servidumbre. El argumento fue que los indígenas tienden a la idolatría, por lo que solo en el vasallaje sus almas podrían salvarse. Y con la República, la acusación de apego a la idolatría se transformó en el cargo de «degeneración» de la raza. El indio, debido a las fiestas y borracheras, se habría convertido en un ser «abyecto», en la cristalización palpable de todo lo que debe ser rechazado. Situación que requería —igualmente— de una mano firme para redimirlos, gracias esta vez a la acción civilizatoria. El cristianismo —desde la invasión española— y la civilización en el siglo 284
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