acoso y el de la muerte. Javier lo eligió; pero no olvidemos que lo obligaron a elegir. Quizá habría procedido de otro modo en un país sin tanta crueldad para los desposeídos, sin la crueldad que se requiere para mantener niños esclavos, colonos, esclavos y barriadas en que el perro vagabundo y el niño sin padre comen la basura, juntos. Para los que están ciegos de egoísmo y de furor contra los que claman por un poco de justicia, la muerte de Javier, por mucho que pretendan desfigurarla, es una advertencia suficientemente elocuente, quizá la única eficaz, para los otros egoístas de todo tipo, estudiantes o no, escritores que únicamente se ocupan de labrar “su gloria” y no de expresar la vida con la mayor pureza, el caso de Heraud es también una advertencia. Creo que Javier ha encontrado la inmortalidad verdadera que la poesía por sí sola no le habría dado. No lo olvidemos. Defendámoslo noblemente» (citado en Heraud, 2014, pp. 226-227). 60 Degregori escribió mucho sobre el tema. Quizá la formulación más sintética se encuentra en «Del mito de inkarrí al mito del progreso» (1986). Ponciano del Pino (2013) desarrolla estas ideas desde una perspectiva más monográfica y localizada. 61 Ver Arguedas (1998). Arguedas escribió este poema originalmente en quechua con el título «Huk doktorkunan kayay». La versión castellana —del autor— se publicó en El Comercio de Lima, el 10 de julio de 1966. La versión original apareció una semana después, el 17 de julio, en el mismo rotativo. 282
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