Arguedas se dirige primero al Perú criollo. Y su mensaje es que el mundo andino, tan menospreciado, está lleno de vida y capacidad creativa. Entonces, describe y promociona un renacimiento andino allí donde los intelectuales criollos solo percibían pobreza, arcaísmo y esterilidad creativa. Cada uno es rehén de su propio sueño. El sueño de Arguedas fue consensuar una nueva propuesta para pensar la sociedad peruana. Una propuesta que llama a trascender las dramáticas limitaciones del nacionalismo criollo, que termina conduciendo al pesimismo y a la nostalgia, en la medida en que —en contra de la expectativa que aquel alienta, que es la oficial— la cultura andina no se disuelve, sino que se reproduce en el nuevo entorno urbano al que tiende a marcar en forma cada vez más gravitante con su impronta. Ese torrente migratorio, la lloqlla de Arguedas, no se termina de asimilar a la cultura criolla. Crea más bien un mundo nuevo, que él celebra, pero que los autores criollos deploran como decadencia y mal presagio. Revisando la literatura criolla de su época, Arguedas encuentra sobre todo pesimismo y desazón. En Vargas Llosa, en Ribeyro y en Bryce Echenique, la idea es que el Perú es un país «jodido», de pobreza sin esperanza. Y es que las décadas de 1950 y 1960 son el período cuando en las ciudades de la costa el «pasado» andino se reencuentra con el mundo criollo. Y ese «pasado» no se disuelve en el mimetismo criollo, sino que se reproduce y llega a dominar, por el mismo peso demográfico de los migrantes, a la vieja ciudad que en un inicio se repliega temerosa sobre sí, pero que luego, con el paso de los años, comienza a comprender que el retorno de lo indígena es un dato inapelable. Entonces, desde la perspectiva criolla se intentará encauzar la vitalidad de esta población gracias a la ideología del progreso. Convertir la laboriosidad tradicional en impulso a la acumulación indefinida y el deseo de liberación de la servidumbre, de reconocimiento social, en culto al éxito. Esta es la propuesta de Hernando de Soto en El otro sendero (1986). El migrante andino no tendría por qué apegarse al modelo de la reivindicación clasista patrocinado por la izquierda tradicional. La apuesta por devenir jefe de sí mismo es mucho más afín a su tradición campesina, y más atractiva, pues hace posibles mayores ingresos y, también, un mayor reconocimiento social; además, el pequeño negocio podría convertirse en una mediana y hasta gran empresa. 271
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